La ley del «Pirulí»

ANTONIO GONZÁLEZ

OPINIÓN

LOS LLAMADOS «sabios» de la tele han llegado a la conclusión de que el futuro de la televisión pública es más de lo mismo. El Gobierno ha premiado su buena voluntad condecorándolos. Cabe la sospecha de que se han dejado fascinar por el influjo del Pirulí , que es el mote con el que se conoce la torre de telecomunicaciones. El dictamen de los «sabios» establece una serie de recomendaciones que, en esencia, convienen en mantener el control de la televisión pública a merced del gobierno de turno y a costa del bolsillo de los españoles. Los citados «sabios» no han querido o no han podido despegarse del entramado del «gobierno adjunto» de Prado del Rey, en donde chocan con especial violencia todos los intereses: políticos, económicos, sindicales (los sindicatos son un gran poder fáctico), así como otros intereses quizás aun más violentos. Este endemoniado cóctel de intereses actúa como un terremoto cada vez que cambia la cabeza política. En esos momentos de revolución, cientos de personas suben o bajan de la noche a la mañana y sólo una minoría de la desorbitada nómina -casi diez mil funcionarios- sigue en situación de estabilidad. Este privilegiado grupo de «flotantes» se presenta ante el jefe que llega como garante de la continuidad. Ellos están por encima de los vaivenes y controlan la «ley del Pirulí », que es como un muro de contención endurecido desde los tiempos del blanco y negro, contra el que han chocado todos cuantos se propusieron derribarlo. La infantería de este clan son los sindicatos y su arma más poderosa es el chivatazo. El poder político en la televisión pública es más una apariencia que otra cosa. Se conforma con tener unos minutos de gloria en los telediarios y otros programas de propaganda favorable a la ideología dominante, colocar a sus amigos y poco más. El resto de la programación pertenece al dominio de los piruleros. Uno de los sabios decía en una entrevista que no habían recibido presiones del Gobierno... ni siquiera insinuaciones. Sin embargo, reconocía que sentían detrás de sus orejas el estrecho marcaje de los piruleros . De estas declaraciones se puede deducir que el clan de la Ley del Pirulí , además de pretender meter la cuchara en el guiso, les han debido bombardear con montañas de informes, estudios, proyectos, etc. El veredicto que han presentado los «sabios» es un modelo de televisión pública que ya está muy sobado en multitud de informes inútiles, y no deja entrever alguna novedad que pudiera atravesar el muro del Pirulí . Sólo dos apuntes. Los «sabios» aconsejan que se elija un consejo de administración «plural» con personas propuestas por los partidos políticos y las llamadas fuerzas sociales. Es decir, un consejo, a priori, politizado como el que ya existe. Sería este consejo, constituido en tribunal, el que seleccionaría, mediante un concurso público, el nombre del director general. Algo parecido a la Operación Triunfo. Segundo apunte. Los «sabios» proponen que para mantener la independencia informativa, se constituya un consejo de redacción -otro consejo más- que garantizaría la imparcialidad. Esta idea no es nueva y con todos los respetos, es un disparate, pues, en la práctica, dicho consejo, además de crear un cisma en las redacciones, sería un comisariado político que censuraría, precisamente, la supuesta independencia. En ambos apuntes está la influyente sombra de la Ley del Pirulí que, sin duda, mantiene su vigor, pues el Gobierno ha decidido que un grupo de técnicos repase la propuesta de los sabios. Es fácil imaginar quiénes serán esos técnicos.