El tongo de Maragall y Piqué

| XOSÉ LUÍS BARREIRO RIVAS |

OPINIÓN

LO QUE HACÍA de Cataluña un ejemplo político era Jordi Pujol. Y lo que convierte su economía en un emporio de riqueza es su estratégica situación geográfica, su larga tradición histórica y el ser puerta de paso hacia Europa. Porque si tuviesen que depender de la pandilla que ahora les gobierna, o ganar sus garbanzos en pleno Finisterre, iban a pasar más hambre que un maestro de escuela. El gran Maragall, cuya fama política se hizo al socaire de una Olimpiada que resucitó Barcelona a costa de toda España, lleva un mes actuando con tal falta de madurez y tan escasa talla política que hace pensar que es un verdadero bluf, y casi resulta imposible explicar por qué llegó a donde llegó a base de administrar las rentas de 1992. Los de CiU -incluimos también a Pujol-, que llevan veinte años presumiendo de eficiencia y modernidad, se ponen nerviosos como niños tan pronto como Maragall les menta el famoso 3%. Y, después de cometer un error de principiantes, al presentar una querella que los ataba por muchos años al duro banco de la galera, aprovechan un frase sin importancia para darse por satisfechos, retirar la querella, y convertir en una evidencia las pocas ganas que tienen de ser investigados. Los de Esquerra Republicana, que van de progres y de puros por la vida, y que animan a Cataluña a luchar por su dignidad de nación sin Estado, se pegan al poder como lapas, dando a entender que también ellos saben que fuera de los palacios no existe ningún futuro para el nacionalismo. E incluso el PP, que estaba gestionando de maravilla esta crisis, también retira la censura, le salva la cara a Maragall, y convierte toda la escena en un tongo impresentable, que deja a la clase política catalana a la altura del betún. Lo que hace unos días cantaba yo mismo como el nacimiento de una estrella llamada Piqué, se ha quedado en el nacimiento de un cómplice. Y lo que llevaba trazas de ser una catarsis colectiva, que podía extenderse a toda España, se ha convertido en una prueba irrefutable de que, cuando toca a sus intereses directos, los partidos se tapan unos a otros como miembros que son de una misma cofradía. En términos de gran política el caso tres por ciento termina en un lamentable fiasco, y sólo cabe esperar que, viéndose institucionalmente utilizado, el fiscal del TSC se sienta obligado y legitimado para seguir investigando por su cuenta. Pero en términos de política menor, que hace referencia a las poses y lenguajes que adopta la clase política, es posible que Maragall nos haya salvado del papanatismo con el que siempre vemos a los catalanes. Porque, si en todas partes cuecen habas, en Cataluña, al menos esta vez, las han ablandado con bicarbonato.