Peces-Barba y la nueva derecha

MARÍA ANTONIA IGLESIAS

OPINIÓN

CUANDO hace unas semanas lamentaba yo la pérdida, realmente irreparable, de Javier Tusell, quise rendir mi homenaje personal a aquella la mejor derecha que ha tenido este país, que encarnó la UCD, y en la que Javier militó con acendrada fe. Hoy lamento, con profunda tristeza, y con enorme preocupación, que la derecha que hoy tenemos nada tenga que ver con aquélla, nada haya aprendido, nada haya heredado de aquel precioso legado de tolerancia y cordura. El más dramático ejemplo de lo que digo ocurrió esta semana en el Senado y tuvo como desgraciado protagonista a un jovencito representante del PP cuyo nombre no voy a reproducir porque no deseo concederle ni el recuerdo de su apellido en esta mi modesta crónica. Tronaba la voz de la derecha a propósito de la actuación de Gregorio Peces Barba como Alto Comisionado para las Víctimas del Terrorismo pidiendo su dimisión, o en su lugar su cese, lo cual es perfectamente legítimo dentro de las reglas del juego de la confrontación política. Pero al jovencito representante del PP, de esta derecha que hoy padecemos, no le pareció suficiente y se lanzó a un siniestro juego de palabras, llegando a calificar a Gregorio Peces-Barba de «defensor de los verdugos», o sea, de los terroristas. Blandía la insensata voz de la derecha un elaborado documento escrito que delataba la premeditación y alevosía con que había sido redactado, bien lejos de cualquier acaloramiento involuntario, mientras la tmósfera se cargaba de un fétido olor a cainismo de la peor naturaleza¿ Apenas supo el ministro del Interior balbucir una escueta defensa de Gregorio Peces-Barba, sin duda sobrecogido, el representante del Gobierno, por el venenoso regüeldo del jovencito representante de la derecha. Argumentó el ministro socialista respecto de la impecable trayectoria política de Gregorio Peces-Barba, ayer comprometido luchador antifranquista, abogado defensor de todos los indefensos que acudían a su despacho en las épocas más terribles de la dictadura, hoy ardoroso defensor de los valores de la Constitución. Pero el autor del regüeldo, de aquella pavorosa injuria, se mostraba encantado de haberse conocido y miraba al tendido de los bancos de la derecha, de esta derecha que hoy padecemos, que le jaleaba con sobrecogedora impudicia. Estaban sentados en los bancos del PP senadores con la edad suficiente para conocer bien la ejemplar biografía de Gregorio Peces-Barba, para poder impartir a su jovencito compañero de partido provechosas lecciones acerca de nuestra historia más reciente. Pero a lo que se ve han preferido inocularle el virus del odio, pero el más mortífero de todos, porque se alimenta de la mentira. Y es que la derecha que hoy padecemos nada tiene que ver con aquella generación de las luces que alumbró la democracia en la transición. Vive y actúa en el territorio de las sombras, su habitat preferido. Rajoy parece haber sucumbido al poder subterráneo de Aznar.