AYER hemos recordado todos con dolor el brutal atentado del 11-M en Madrid. Fue la justa y necesaria memoria de una salvajada perversa. Y, de paso, hemos recordado nuestra peculiar vivencia de aquel día. La forma en que nos enteramos de lo que sucedía. Era temprano. Mi mujer me dijo: «Parece que hubo un atentado en Atocha». Yo pensé inmediatamente en mi hija pequeña, que pasaba por allí a esa hora casi todos los días hacia el Hospital 12 de Octubre. Mi esposa comprobó que faltaban las llaves de su coche, lo que parecía indicar que no había cogido el transporte público. El susto, mayúsculo, empezó a ceder. La llamamos al móvil, pero no contestaba. Nuevo susto. A los quince minutos nos devolvió la llamada: estaba donando sangre en el centro hospitalario, porque el número de víctimas ya no paraba de aumentar. Luego empezaron a llegar las cifras sobrecogedoras, que no iban a detenerse hasta sumar 192 muertos y 1500 heridos. Ayer se recordó ese día más triste. Las campanas de 650 iglesias de la capital repicaron a la hora en que estalló la primera bomba (7,37). El día antes, la Cumbre sobre Terrorismo, Democracia y Seguridad terminó con un compromiso de cooperación. Es obligado intentar que algo así no se repita.