JOSÉ MANUEL Iglesias recordó ayer las mangas de su gabardina ensangrentadas. Ayer, 11-M, el trabajador de Bazán prejubilado (cómo, si no) e histórico dirigente de Comisiones Obreras recordó la sangre que tiñó para siempre su gabardina y su memoria cuando cayeron muertos sus compañeros Amador y Daniel. Fue el 10 de marzo de hace ya 33 años, pero la atrocidad de aquellos sucesos también dejó una marca indeleble. José Manuel Iglesias es una de las seis personas que recibieron este año el tributo de la Fundación 10 de Marzo. Son sólo parte de una estirpe numerosa, esforzada, arriesgada y audaz que contribuyó, casi siempre desde el anonimato y con escasa recompensa, a hacernos la vida mejor. Hoy resulta difícil imaginar aquellos tiempos en los que recaudar dinero para las viudas y los hijos de los muertos por disparos de la policía se pagaba con el despido, la tortura y la cárcel. Hoy puede parecer exagerado vincular la lucha por libertad y los derechos sociales a los sucesos que desencadenó una huelga por un convenio laboral. No es fácil describir el sacrificio de personas que hace 33 años pusieron en riesgo su empleo, su familia y su propia vida por un ideal. El terrorismo que hace un año dejó 191 muertos en los trenes de Atocha es la gran amenaza para la democracia actual. Pero es lícito que Iglesias recuerde, precisamente en esa fecha, las mangas de su gabardina ensangrentadas. La democracia se forjó también con aquella sangre. Fue el 10-M de 1972.