PARA mí, esta es la peor hora. No me gusta madrugar y la calefacción y el cimbrear del tren me devuelven al sueño al que nunca me puedo abandonar porque los vagones están siempre llenos. Pero hoy no tengo sueño. ¿Cómo podría tenerlo? Desde hace tres días sólo pienso en ella. Llevo en una bolsa mis vaqueros nuevos y la camisa de la boda de mi hermano. Hoy no regresaré a casa. Cuando acabe de trabajar me ducharé en la piscina, me pondré guapo e iré a buscarla. Ayer me dijo que sí. Que le encantaría ir a tomar algo conmigo. No me dijo «bueno» o «de acuerdo». Dijo «me encantaría». Y ahora me resulta muy fácil evocar el sonido de su voz. Noto como un hormigueo de pura ilusión me sube por la columna. Miro a la gente a mi alrededor, luchando contra el sopor, pensando en sus cosas. Casi nadie sonríe. Casi nadie es feliz. Yo sí. Soy el hombre más feliz del tren. Esta tarde la besaré, me bañaré en sus ojos verdes y desearé que el tiempo se detenga. Tengo 19 años y ahora mismo siento que nada en el mundo podría interponerse entre ella y yo. El tren se para, las puertas se abren y más gente sube a la plataforma. Uno de ellos me mira un momento y es como si leyera dentro de mí. «Lo siento amigo -pienso-. Yo soy feliz. Ella me espera». De repente se apea aceleradamente un segundo antes de que las puertas se cierren. Por la ventanilla veo como se aleja corriendo. «Que tú también seas feliz», le deseo en silencio. Y, de pronto, ocurre. Bum.