Caos en Bolivia

OPINIÓN

BOLIVIA ES uno de esos países que ocasionalmente se asoman al precipicio del caos y la desintegración. Y ello es así porque, desde que se declaró independiente, hace 180 años, no ha logrado los equilibrios internos necesarios para no estar siempre al borde de una revolución o incurso en ella. No faltan en su historia hombres de mérito como Víctor Paz Estensoro, pero también cuenta con una larga lista de populistas y demagogos, siempre deseosos de atizar el fuego desestabilizador. Que es lo que está ocurriendo ahora, aunque al resto del mundo parezca no importarle mucho. Quizá porque tampoco se sabe que Bolivia es un paradójico país de casi nueve millones de habitantes sobre una superficie que duplica la de España. Como bien dijo el periodista estadounidense John Gerassi, «es una nación rodeada de tierra», con el 75% de sus habitantes viviendo en una décima parte del territorio. A esto hay que añadir que más del ochenta por ciento de la población es india y que muchos de ellos sobreviven a duras penas como hace varios siglos y sólo hablan aymará o quechua. Pues bien, en este país pobre manda la ingobernabilidad, que acaba de forzar al presidente Carlos Mesa a presentar y retirar su renuncia ante el Parlamento, tras haber afrontado 820 protestas, en las que, según manifestó, se plantearon 12.000 demandas diferentes, de las que 4.280 fueron resueltas. A esto hay que sumar el cierre de carreteras en 17 puntos de Bolivia, lo que significa, en la práctica, la paralización del país. Y todo ello, ¿por qué? Anteayer porque se pedían nacionalizaciones, ayer porque una zona demandaba autonomía y hoy para forzar que echen al consorcio francés que administra los servicios de agua potable en La Paz y El Alto. La realidad es que ya todo sirve para desestabilizar. Especialmente cuando enfrente se alza Evo Morales, un líder populista que está en contra de casi todo lo que pueda sostener a Carlos Mesa. La razón principal está clara: Evo Morales se ve, cada día más, como el Hugo Chávez de Bolivia, para lo cual necesita imperiosamente que la ingobernabilidad se extienda y el pueblo reclame su presencia. Pero puede fallar en el intento, devorado por el mismo caos que ahora fomenta.