ACABA de cumplir 18 y ni se le pasó por la cabeza celebrarlo con la familia. No quiere. Cree que no tiene nada que ver con los de casa. Que son como extraños. Acaba de cumplir 18 y sólo le interesa el fin de semana, la pandilla y la play. Juega a pasar de casi todo. Lo suyo son las noches del sábado. El aroma de la calle. De los amigos. De los bares. Sólo interesa arañar algunos euros por semana. Ya bebe un poco, como los demás. Ya fuma un poco, como los demás. Y ya piensa en probar alguna pastilla. Como los demás. Acaba de cumplir 18 y le importa un bledo lo que cuenten en el instituto. ¿Qué plan sobre drogas? Bla. Bla. Bla. Dice que casi nunca se siente solo. Tiene enganche a Internet. Y móvil. Lo tiene todo. Pero hoy acaba de cumplir 18 y se la ha jugado un lagrimón que borra rápido de la mejilla. Por un minuto se imaginó que papá y mamá llamarían a su puerta y le insistirían para ir al cine. Para tomar un helado. Como antes. Y soñó que diría que sí. Aunque le diese algo de vergüenza. Aunque se gastase los euros del fin de semana. Timbrazo de teléfono. El aire se hiela. Nervios tontos. Es papá. Dice que muchas felicidades. Que luego llamará mamá. ¿Los regalos? Mañana. Hoy llegarán tarde. Trabajo, claro. Pero que pida la pizza que quiera para cenar. Y que se vaya más tarde a cama. Porque acaba de cumplir 18. Y ya es todo un hombre. ¿Y lo bueno de la historia? Que es sólo un cuento triste. Supongo.