POR RAZONES profesionales, y por curiosidad científica, me he pasado el fin de semana recopilando las encuestas que existen sobre las elecciones gallegas, desde el excelente Barómetro Gallego que dirige el profesor Rivera Otero, hasta el informe que realiza la embajada de una gran potencia, que sólo unos pocos privilegiados podemos hojear. En total he leído once trabajos, que, fechados entre agosto del 2004 y febrero del 2005, ofrecen un panorama muy completo de lo que se está cociendo por aquí. Lo que dicen las encuestas es que, si bien es posible que Fraga pierda la mayoría absoluta, también puede conservarla, y que, aunque todo apunta a que el PP va a entrar en el verano con una importante sangría de electores, tampoco se puede descartar que su envidiable aparato electoral reedite otra vez una de sus tradicionales remontadas. Con los datos que hoy tenemos es más probable que el futuro presidente se llame Emilio que Manuel. Pero tan floja es la convicción moral que estos datos traducen que no conozco a ningún experto que le haya aconsejado a su cliente cortar los hilos con Fraga y empezar a adular a Pérez Touriño. Los pronósticos siguen confusos, y casi podríamos decir que para este viaje no se necesitan alforjas. Pero no debemos olvidar que los buenos estudios no se hacen para pronosticar los resultados, sino para conocer y tratar las causas que los producen. Y es aquí donde el PP tiene su peor diagnóstico. Porque lo que vienen a decir todas las encuestas es que Fraga no pierde votos por su desgaste como gobernante, ni porque Touriño haya articulado una forma de hacer política que rompa con el clientelismo y con el sucursalismo madrileño. Lo que los gallegos le achacan a Fraga (sólo un 7% de los votantes del PP está pensando en cambiar) es que se haya emperrado en obtener su quinto mandato, y que, dejando de lado sus promesas de organizar una buena sucesión, haya metido al PP en un temible marasmo. Nadie cree que Fraga vaya a gobernar cuatro años más. Y todos piensan que el PP carece de sucesión. La guerra de boinas y birretes se considera en pleno apogeo, y existe la convicción de que cuando Alberto Núñez intente la alternativa, se lo van a merendar con patatas antes de que pueda pedir socorro a un Mariano Rajoy que, siguiendo su costumbre, estará comunicando. La única esperanza que le queda a Fraga es demostrar que la inevitable coalición entre nacionalistas y socialistas será todavía más caótica. Sólo así, con la ayuda de sus adversarios, puede triunfar. Y sólo así se describe el lamentable dilema que tenemos los gallegos: escoger libremente, con mucho tino, a qué caos nos apuntamos. Ese es, al parecer, nuestro destino.