ATERRIZAR en un día claro en Alvedro es un regalo visual que dura diez minutos antes de tomar tierra. El viajero tiene ante/bajo sí la postal señora de las rías de Ares, la bahía de Ferrol y la ensenada coruñesa con la ría del Burgo como antesala. El sobrecargo o el comandante del avión debería de anunciar la visión que se contempla, como ocurre cuando en algunas compañías aéreas se llega a Río de Janeiro. Viene a cuento este preámbulo para dar noticia de Ferrol cuando le cambian el collar al perro naval del desaparecido astillero Izar, a los dos astilleros ferrolanos, para ponerle el chip de Navantia sobre los 1.500 trabajadores regulados, prejubilados y predespedidos con la complicidad del silencio ciudadano y la resignación de quienes llevan lustros encuadrados en la cultura del subsidio. Desde el aire, los astilleros parecen un parque temático, un museo de lo que fue una ciudad industrial, las grúas son viejos dinosaurios, paisajes de lunes al sol, de todos los días de la semana al sol, perchas gigantes para colgar la desesperanza colectiva de unas generaciones forjadas en las gradas de la ría, soldando planchas de acero y haciendo que navegaran las nuevas galeras normandas que surcaron mares y océanos. Ferrol es viable, pese al desánimo; se reinventa, va reconstruyéndose con la cercanía del nuevo puerto exterior de Caneliñas, Reganosa, la plataforma logística de Brión, y otros proyectos que la ciudadanía tendrá que diseñar y acometer desde la autoestima y el compromiso. Por la mar llegarán soluciones, y desde la ilustración alternativas, en estos días una euforia sosegada y tradicional llena las noches de ensayos canoros. Pronto será el día de las Pepitas, una suerte de fallas musicales genuinas de Ferrol, y los coros, las rondallas, harán ronda sonora con sus canciones, melodías cordiales que cantan al amor ensalzando a la mujer ferrolana de legendaria belleza. Ferrol tiene un arsenal de posibilidades, tiene que reivindicar la ilustración y la arquitectura de una época que convirtió a Ferrol en un catálogo de edificios irrepetibles, buscar la cultura industrial de un pasado cercano para crear áreas de interpretación de lo que fue una ciudad que nació en el corazón de la mar, y que para la mar vivió. Ferrol avanzadilla de flotas que sembraban estelas en todos los caminos de la mar, ciudad mestiza con todos los acentos de los puertos de la península cuando la Armada se llamaba Cartagena, San Fernando y Ferrol. Heroico pueblo, luchador, memoria civil de la protesta cuando los astilleros gritaban en la calle. Muy noble y muy leal ciudad que he vuelto a visitar en las calles vertebrales con nombre de mujer, María, Dolores... En la Plaza de Armas se enredaba el aire que bajaba helado por el laberinto de las isobaras, y el concejal de Cultura llevaba el compás de la historia, por algo es un viejo músico, entre el escepticismo de un futuro que por fuerza debe de ser optimista. Hicimos parada en un hotel céntrico que, como no podía ser de otra manera en Ferrol, tiene nombre de almirante, así sin más, sin apellidos. En el ambigú la coordinadora de las cofradías de Semana Santa presentaba su procesionario, una guía de la Semana Santa cercana. Hacía menos frío del anunciado cuando la noche descendió de Ferrolterra buscando la mar.