A LO LARGO de nuestra existencia nos vemos confinados entre las cuatro esquinas de la cuna, el aula, el dormitorio, el despacho, la habitación del hospital..., hasta el cubículo del tanatorio. Entre la claustrofobia y la agorafobia, ese acantonamiento perpetuo nos ayuda a construir las referencias topográficas y existenciales. La esquina es un encuentro entre dos planos que puede definir un espacio cóncavo o convexo, de protección y abrigo o de exposición al viento y al riesgo, de recogimiento o de cambio de perspectiva. Y donde la esquina adquiere su plena dimensión urbana es en la plaza, heredera del ágora, centro político, cultural y comercial, y del foro, lugar de los templos, las instituciones y los monumentos conmemorativos. La plaza empezó siendo un ensanchamiento de la trama del callejero, formado por el hueco que iban dejando los edificios representativos en un vaivén de luchas entre poderes, como en la Ciudad Vieja de Praga. Otras se asientan sobre la impronta de algo precedente, como la Plaza Navona, que declara abiertamente su estirpe de circo y que podía inundarse para convertirse en un lago donde los romanos se divertían hasta hace un siglo organizando ecos de las antiguas naumaquias. La factura canónica es la plaza cuadrada, cerrada por sus cuatro costados, un salón urbano de tamaño proporcionado, plaza mayor o quintana, que contrasta con las explanadas de las religiones, concebidas para acoger a las muchedumbres entre sus brazos -San Pedro del Vaticano-, y ya no digamos con la inmensidad de la Concordia, que fue en el período del terror sede de la guillotina, o la Plaza Roja, un cortafuegos de 75.000 metros cuadrados. La nueva práctica urbanística ha banalizado la geometría y el sentido de la plaza, tanto que ésta se entiende como un simple excedente de las grandes masas edificadas, donde los ciudadanos se pierden de vista, tiritan en invierno o se abrasan en verano. Suele llamársele así al encuentro entre dos ejes viarios ortogonales, que se resuelve ya sea con la reiterativa «glorietomanía», tan útil para colocar el obvio repertorio de la escultura estándar, o como un enorme tablero de parchís revestido con pavimentos duros y con la inevitable tríada farola-papelera-banco. Se puede entender que toda ciudad aspire a tener una gran plaza donde quepa la expresión del espíritu colectivo de sus habitantes. Las manifestaciones cívicas, de júbilo o de repulsa, demandan un escenario adecuado, por eso las poblaciones de aluvión, sin tradición, suelen recurrir a espacios megalómanos en busca de su nueva identidad. Pero no todas deben padecer gigantismo. Necesitamos seguir midiéndonos con la escala humana para diseñar lugares domésticos, con esquinas y sonido propio, con murmullos y ecos, lugares donde se pueda ciudadanear. Así como en la calle soy -fotógrafo, agente de seguros o albañil-, porque es un canal que conduce a un destino, en la plaza estoy. En la calle nos vemos, saludamos, pasamos; en la plaza miramos, nos citamos, nos quedamos. Si los materiales son ligeros y agradables, la vegetación precisa y estudiada para jugar con las luces y las sombras, se conseguirá el objetivo de hacer que nos sintamos a gusto. Así tendrían que ser los nuevos salones del urbanismo moderno.