UN DÍA los jueces italianos de la magistratura de Milán decidieron tirar de la manta y acabaron con el sistema político italiano tal y como aquél se había configurado tras la caída del fascismo. Fue lo que se conoció como operación mani pulite (manos limpias): una vastísima investigación judicial que hizo aflorar el agua sucia que circulaba entre las cloacas de los partidos, el mundo económico y los pozos negros del Estado. El italiano marcha desde entonces como grogui, entregado en cuerpo y alma a un gobernante que ha hecho de la promiscuidad entre política y dinero su verdadero santo y seña. Curioso exorcismo ese que consiste en entregarse no al cura sino al mismísimo diablo. Dice el refrán que comer y rascar, todo es empezar. Con la corrupción pasa lo mismo: que rascar y denunciar, todo es empezar. Eso permite entender que la acusación de Maragall, revelando el supuesto cobro por CiU de un porcentaje sobre las obras concedidas durante el período de gobierno de Pujol, haya provocado un verdadero terremoto: y es que todo el que sabe de este asunto es consciente de lo que podría acabar aconteciendo si por fin alguien se decidiese a romper la red de complicidades que explican que nadie hable de lo que todo el mundo sabe... o afirma saber: que el cobro de porcentaje sobre las concesiones de obras públicas es una práctica generalizada en todos los niveles de la administración y en todos los lugares. ¿Es verdad? Yo no lo sé, aunque, como usted, podría señalar a media docena de personas que dicen haber sufrido esa extorsión intolerable. Resulta, por ello, incomprensible, que una práctica que, de existir, supondría anualmente operaciones de cientos de millones, sólo se conozca por lo que de ella dice la leyenda. ¿Se basaba en ella Maragall al hacer sus acusaciones desde el asiento que el presidente tiene reservado en el Parlamento catalán? Esto es que lo que Maragall tiene que explicarnos. Pero no sólo Maragall: también todos los que por sus responsabilidades y su oficio han de saber dónde acaba la leyenda y dónde empieza lo que es materia del Código Penal. Los políticos, los periodistas, los jueces y fiscales: todos los que podrían sacarnos, de una vez por todas, de una duda: la de si vivimos sobre una inmensa fabulación o sobre un inmenso basurero.