EL OJO PÚBLICO
01 mar 2005 . Actualizado a las 06:00 h.TIENE RAZÓN Touriño cuando afirma que las alianzas las establecen los ciudadanos en las urnas. Pero es casi en lo único en que tiene razón en relación con ese tema. Carece de ella, desde luego, al sostener que las coaliciones no son argumento electoral. Sencillamente, no es verdad. Las coaliciones no han de ser argumento electoral cuando es improbable que puedan producirse. Pero debieran ser un argumento electoral fundamental cuando su certeza es casi indiscutible. Y esa es, precisamente, la hipótesis en que se encontrarían Touriño y su partido si los populares perdiesen en las próximas elecciones autonómicas la mayoría absoluta de la que han venido disfrutando. Si tal cosa aconteciese -y hay, al parecer, bastantes encuestas que apuntan como probable esa posibilidad- Touriño se vería obligado a formar mayoría con el Bloque, pues ni hay ahora, ni ha habido nunca, ni un solo estudio de opinión que atribuya mayoría absoluta al Partido Socialista. Para bien o para mal las cosas son así. Y, porque lo son, Touriño tiene una obligación ineludible ante la opinión pública gallega: la de aclarar en qué condiciones y con qué proyecto formaría mayoría con el Bloque. Tal aclaración, que sería en cualquier supuesto necesaria para que los electores sepan lo que votan, lo es más dadas las inmensas diferencias de cultura política y programa que existen entre el PSdeG y el BNG. Tantas, y de tantísimo calado, que uno y otro han militado en bandos enfrentados en los que han sido hasta ayer los dos temas centrales de la política española: el plan Ibarretxe y el referéndum europeo. Touriño puede, claro está, seguir con su retórica de que él a lo que aspira es a formar una mayoría suficiente para gobernar. Es como si aspirase a tocar la luna con la mano. Tiene el líder socialista, obviamente, todo el derecho a aspirar a lo que quiera. Y demuestra valor y ambición al fijarse metas tan inalcanzables: pero sus ilusiones, por legítimas que sean, han de ser compatibles con la transparencia democrática exigible siempre a quien aspira a hacerse cargo de las responsabilidades de gobierno. De hecho, esas responsabilidades se ejercen de modo muy distinto si se gobierna con una mayoría homogénea o si se carece de la misma. La experiencia actual del Gobierno socialista de Rodríguez Zapatero y la del gobierno catalán de Maragall ponen de relieve que ese es, en realidad, uno de los temas centrales de la política española y catalana. Sería, por eso mismo, inconcebible que se tratase de no hablar para nada en la precampaña y la campaña de la que sin duda será, si Fraga pierde, la cuestión básica de la política gallega al día siguiente de producirse su derrota.