CORRÍAN los años sesenta y yo creía que aquel cantante negro y ciego que había alcanzado el número uno de las listas con What'd I say era un hombre feliz. Se llamaba Ray Charles y había logrado una síntesis de rock, gospel y blues que nos había maravillado y que lo había enriquecido. Tuvo que llegar la película Ray para que descubriese que mi admirado intérprete, lejos de ser tan feliz, se debatía por entonces en una infortunada relación con la droga. Y toda mi idea de aquella dicha se esfumó. Jamie Foxx (Oscar al mejor actor principal) nos muestra cómo se conjugaban éxito y fracaso cuando yo creía que aquellas hermosas canciones anunciaban un mundo más solidario y más libre. ¡Por fin la República de Platón, sin aparatos represivos, iba a ser posible! El Festival de Woodstock, donde el orden prescindió de la policía, se convirtió en una prueba. Pero las muertes por sobredosis de Jimmy Hendrix y Janis Joplin fueron dos aldabonazos adversos. Antes lo había sido la de Charlie Parker. Después lo fue la de Sid Vicious. Ray Charles, muerto en junio pasado, recibió ocho galardones en los últimos Grammy. Fue uno de los que logró salir del infierno de la droga. Ahora lo admiro más por esto que por su música.