EL PERDEDOR no ha sido sólo Martin Scorsese, como aseguran todas las crónicas llegadas desde Los Ángeles. Hay otros perdedores que no aparecen en esas crónicas periodísticas, ni se recogen sus declaraciones, ni se les fotografía. Pero existen. Y, como Alejandro Amenábar y Jorge Dréxler, que son grandes ganadores de la última edición de los Oscar, también tienen nombres españoles. A Pedro Almodóvar le dio un ataque de urticaria, sólo horas después de que Mar adentro arrasara en los Premios Goya. Pidió la baja en la Academia española y comenzó a recorrer las emisoras de radio gimiendo por lo poco que se le valora en su país. Nos reprochó altivamente que su reconocimiento era total más allá de los Pirineos. Pero lo que Pedro estaba diciendo es que no teníamos ni pajolera idea de cine. Que era La mala educación la que debía de ganar los Goyas. Que él era quien tenía que estar en Hollywood. Y que Amenábar no goza de la calidad suficiente para hacerlo. Casi simultáneamente, Ramona Maneiro comenzó una gira televisiva. Arrastraba por los platós que atesoran los programas basura como estandartes, los últimos momentos de vida de Ramón Sampedro. Se paseó alardeando de su colaboración en el cumplimiento de los deseos del tetrapléjico gallego y no se cansó de hacer declaraciones, jaleada por un coro de lumbreras que creía entender que ésta era la forma de reivindicar el derecho a una muerte digna. Ni el uno ni la otra aparecen en la relación de perdedores de los Oscar. Pero lo son. Porque ignoran que no se ganan las batallas derrochando comportamientos despreciables. El moralista inglés Samuel Smiles dejó escrito que «más cordura nos enseñan nuestros fracasos que nuestros éxitos». Pues a ver si es cierto y Pedro y Ramona se aprenden la lección.