QUIZÁS algún lector memorioso recuerde a Yago Churruchao de Deza de quien escribí aquí mismo no mucho ha. Aunque su aspecto físico es de por sí todo un espectáculo -alto y envarado como un pino, leonada cabeza en la que reposan las nieves de setenta años, enjuto y calloso cual bastón bruñido, zapatos sin cordones talla cuarenta y seis- lo que hay en su mente es ya cosa muy aparte. La mirada de Churruchao, de intensísimo azul vikingo, escruta hasta leerte el pensamiento. En eso se parece a otro Yago que conozco -Jacob, Iago, Yago, San Yago, Santiago- de cuya mirada, igual que la de Mozart en un retrato que hay en Salzburgo, es inútil zafarse con imposturas o disimulos: al clavarte los ojos sabe qué estás pensando. Pues bien, en cierta ocasión, volviendo de visitar demoradamente la bodega del blasonado pazo de unos amigos, entramos haciendo eses en una curva de una intransitada carretera comarcal antes de parar la moto con sidecar, que siempre conduce Yago, para fumar un par de puros y contemplar el emocionante paisaje de un valle brumoso clareado por la misteriosa luna de febrero. Las cuatro de la madrugada serían cuando en el apacible conticinio vi recortada contra el plenilunio la inconfundible silueta de un águila que portaba entre las garras un pequeño raposo. Iba a decírselo a Churruchao pero con adusto gesto me detuvo al tiempo que murmuraba amargamente: «No es un águila, es una mala meiga y lleva un niño entre las zarpas». Se me cayó el puro del susto pues me invadió la convicción sin fisuras de que era cierto. En mi último viaje a Vigo, no pude evitar pensar en esa antañona Galicia de iglesias pobladas de noctámbulas curuxas, de becadas de febrero, de golondrinas primaverales, mirlos sabios, cuervos longevos, cercetas, tornasoladas pegas de elegante vuelo, azulones y torcaces veraniegas. Y no pude evitarlo porque las aves que más abundan ahora, invadiendo con voluntariosa saña nuestras ciudades, no tienen nada de entrañablemente familiar y antiguo sino que, por el contrario, son una plaga repugnantemente moderna que ensucia la vista, los oídos, el entorno, y que incluso nos deja a veces la chaqueta como si hubiera caído en el cubo de la basura. De cómo dejan coches, aceras, bancos y tejados ni mención quiero hacer. La abundancia de agresivas gaviotas que deambulan libremente por las aceras y tienen, por así decir, el desparpajo de sentarse a nuestra mesa, en las terrazas de las cafetería, nos proyecta en un contexto hostilmente hitchcockiano . El ruido que provocan cuando termina la primavera, época de criar los poyuelos, supera los setenta decibelios en el interior de las viviendas. Lo peor es que siguiendo el gradiente atlántico -Bélgica, Inglaterra, Francia- los estorninos empiezan a invitarse a la fiesta por decenas de millares toda vez que con la fauna actual de gaviotas y palomas al parecer no había suficiente animación. Y puesto que es así, la pregunta obligada surge sin más dilación: ¿quién frena esto? La verdad, no tengo ni idea pero, por una vez y a riesgo de decepcionar a los cuatro o cinco lectores que me quedan, creo que la culpa no es de los progres y ni siquiera de los nacionalistas. ¿De quién les da de comer? Insisto en que no lo sé. Pero si buscamos el culpable por exclusión pongo mi mano en el fuego, si bien habrá algún malintencionado que piense lo contrario, que tampoco la culpa es de Zerolo aunque, como Oscar Wilde, atrae toda cuanta rara avis lleve una gardenia en el pico.