AYER, en la Red de San Luis, vi a cuatro enanos bajo un colchón de matrimonio. Uno de los enanos se tambaleaba, tratando de no perder el compás ni el equilibrio. Frente al cine Luna, ayer, me sorprendió una reyerta callejera, con prostitutas y guardias civiles (uno de los guardias civiles sonreía). Así está Madrid últimamente: absurdo y vallecano. Más tarde, en el parque Eva Duarte de Perón, supe que los árboles habían florecido, lo justo para que no perdamos la esperanza. Esta mañana, por si fuera poco, me despertaron los primeros gorjeos de gorrión anunciando la primavera. Y entonces, como por ensalmo, recordé que todas las ciudades que uno ha amado, ajenas a nuestra ausencia, han de seguir existiendo bulliciosas; que todos los amigos que no vemos, siguen, sin duda, bregando en la distancia. Frente a la ventana, hoy, el viento helado agitaba las ramas desnudas de mi álamo. En Ayala no hay huellas de deshielo ni de polen primaveral. Sacudo mis playeros en el balcón y pienso en Roma y en aquella cuesta mía llena de verdín por donde dicen que escapó Espartaco, rumbo al Gianicolo. Luego me siento en mi mesa y mordisqueo un lápiz. Y de pronto vuelvo a ver, la luz de un café en San Cosimato y el sabor de un pastel de Ricotta muy dulce. Y los días romanos están de nuevo ante mí, intactos, llenos de vegetación y de apetito. Supongo que siguen existiendo aunque yo ya no los vea.