EN LOS ÚLTIMOS días, con motivo de la visita de George Bush a Europa, se ha insistido hasta la saciedad en la conveniencia de reconstruir la maltrecha relación transatlántica, se ha incidido hasta el hastío en la necesidad de superar las diferencias del pasado y se ha proclamado solemnemente la apertura de una nueva era en la unidad transatlántica. Pero, si retiramos las toneladas de paja que ha producido la retórica diplomática, resulta evidente que el presidente norteamericano no ha renunciado ni al unilateralismo ni a la guerra preventiva. Tampoco ha expresado ningún deseo de retornar al consenso mundial en asuntos no militares, tales como el comercio, el Protocolo de Kyoto o la Corte Penal Internacional. Y, desde luego, ha rechazado la pretensión de Schröder -expresada en la Conferencia de Seguridad de Münich- de sustituir a una OTAN anticuada por otras formas de cooperación entre EE. UU. y Europa. En abierta contradicción con sus referencias a la necesidad de una Europa fuerte, Bush sigue empeñado en impedir que emerja un poder europeo autónomo de Washington y, diga lo que diga, es enemigo declarado de una política exterior y de defensa europea. El presidente norteamericano ha venido a Europa porque la necesita para sortear el callejón sin salida en que se ha convertido su aventura iraquí y todo Oriente Próximo. El Gobierno estadounidense no persigue, en modo alguno, la vuelta a un efectivo multilateralismo y al respeto de la legalidad internacional. Sólo pretende conseguir apoyos económicos y una legitimidad de la que carece. Para Bush, el derecho internacional sólo existe para ser instrumentalizado, para cubrir la agresión y la rapiña con un manto de justicia. La máxima que inspira la actuación del gobierno norteamericano -atribuida a Madaleine Albright- es «multilateralismo cuando podamos, multilateralismo cuando sea necesario». Cuando, como sucede ahora, la necesidad aprieta, la fórmula puede evolucionar a «multilateralismo del modo que sea posible, cuando sea necesario». EE. UU. y Europa no pueden permanecer divididos ante los graves problemas que asolan a un mundo convulso, se nos alerta desde Washington y desde sus terminales mediáticas europeas. Pero esa objeción no puede constituir una razón, a fortiori un pretexto, para justificar una acrítica alineación general con el presidente de EE. UU. Pretender que todos los países deben seguir al Gobierno norteamericano en nombre de la insustituible unidad transatlántica es un sofisma. Europa, salvo que esté dispuesta a levantar su propia acta de defunción, no puede adherirse incondicionalmente, como realmente pretende Bush, al programa previamente diseñado en Washington. No puede permitir que el unilateralismo que inspira la política estadounidense triunfe de nuevo, disfrazado esta vez de un multilateralismo del que es enemigo irreconciliable. Afortunadamente, Europa, a diferencia de lo que les sucede a Aznar, Rajoy y demás dirigentes del PP, parece haber comprendido que la incondicionalidad no es el mejor camino para recuperar un diálogo entre iguales con EE. UU. Estaremos atentos a lo que sucede cuando las palabras dejen lugar a los hechos.