LA FORMA en que la corte vaticana está afrontando la enfermedad y envejecimiento del Papa constituye un grave escándalo para la gran mayoría del pueblo cristiano, que, mirando las cosas con prudente distancia, no acierta a comprender el protagonismo mediático que subyace en la tozudez personal de Wojtyla, ni el cruel abuso de su imagen que están haciendo los que se aferran al poder a la sombra de un moribundo. Hasta el laico Manrique sabía que «querer hombre vivir / cuando Dios quiere que muera / es locura». Y algo tiene de rebelión contra la muerte y el designio de Dios este soberbio desafío a la enfermedad que, lejos de enseñarnos a sufrir y a morir cristianamente, nos obliga a presenciar una estéril exhibición de la debilidad que se malgasta al servicio de cosas tan prescindibles como el Angelus, que un sacristán políglota podría dirigir con gran eficacia y agrado de Dios. Primero fue el peregrinaje por los aeropuertos de medio mundo, cuando los fieles lo recibían en vilo, ajenos a toda oración y doctrina, mirando si era capaz de bajar la escalerilla del avión. Después fueron el sufrimiento inútil y el balbuceo incomprensible convertidos en faro de un mundo que el Papa ya no conoce ni entiende. Y ahora estamos ante una rebelión contra la convalecencia, que ensalza el dolor mediático de las audiencias multitudinarias y del turismo religioso. Ya sé que la doctrina oficial dice exactamente lo contrario, tratando de convencernos de que el dolor mal llevado es equiparable al sufrimiento redentor de Cristo. Pero mi libre visión de un hecho evidente, que cualquier campesino sabe administrar con mayor sabiduría y equilibrio que los cardenales de Roma, me mueve a pedir misericordia para un hombre que sólo necesita intimidad y amor para su larga enfermedad. Mientras el Papa le echa pulsos a la muerte en la clínica Gemelli, ya nos estamos temiendo el momento en que sus portavoces vuelvan a especular sobre una milagrosa recuperación, para volver a exhibirlo en un nuevo balbuceo, en un nuevo Angelus , o para presentar otro libro reseso que haga patente la necesidad del relevo. Pero yo estoy seguro de que la vida y la muerte cristianas son algo distinto, y pido a Dios en caridad que, con el permiso de la corte vaticana, nos dejen ver la vejez como deseamos que nuestros hijos vean la nuestra. Normalmente. Cristianamente. Amén.