NO ERRABA el camino mi prima Margaret Newstreet-Coutton al sostener que un Mercedes estrellado a tiempo en buena compañía contra la verja del Banco de España puede aportar muy encendidas delicias eróticas, pero en lo tocante a presentarse dignamente ante La Pilarica se precisa más sofisticada infraestructura. Por lo menos, un Ferrari de hidalgo y el misterio de un amanecer. Parte de los males que asolan nuestra patria provienen del exceso de progres con master y todoterreno , o deportivo de quiero y no puedo, y de la escasez de hidalgos en Ferrari. Porque la hidalguía es una actitud estética y por tanto ética. Aunque en cuestiones de estética tampoco está nada mal echarse al monte para asombro del mundo entero, y especialmente de los lectores políticamente correctos, aunque fuere armados solamente de un tubo de vaselina y del legado de El Empecinado. Es cierto que todo discurso estético ha de querer significar algo, aunque su real significado pueda aparecer envuelto por el velo del misterio, pero no hay razón para que la intelectualidad yuppy lo capte en primera lectura. Lo mismo le pasó a Caravaggio. Entiendo como condición inexcusable de la revolución hidalga que no haya más razones que las estéticas y testiculares, lo que obvia que su contenido sea conforme a derecho o fundamentado analíticamente. Porque eso es lo que falta: clase y hormona. Al discurso iconoclasta de la hidalguía rebelde se le pide, ante todo, oscuridad sin menoscabo de valor, y el pueblo ha de encontrar en ello cumplido su deseo de información deshonesta y demagógica, que es a la que está acostumbrado, aunque la misma no se presente parcialmente ni se hurten las fuentes principales para profundizarla. En mi caso, remito la exposición a cuna conocida -La Pilarica y El Empecinado- e incluso peco de excesiva humildad dejando en inclusera orfandad mis propias opiniones. Y si todo esto os parece poco claro no quiero ni pensar cómo os habrá parecido lo que opinaban los del «sí pero no» y los del «no pero sí». Doy por hecho que los manuales de nuestra estudiosa mocedad han envejecido rápidamente -¿qué fue de Castelao y Marta Harnecker?- y si incorrectas son las ideas en ellos contenidas, para la buena intelección de nuestra época son también, y en sí mismas, no poco confusas y perjudiciales. En algún que otro artículo dejé ya dicho qué es lo que entiendo por método pedagógico bueno para el hidalgo español del que soy acabado ejemplo -Ferrari, suelas de los zapatos agujereadas, mala leche y certero en la estocada y el disparo, mereciendo mención aparte mi arte para endeudarme y cantar boleros y coplas- y cumple ahora precisar los contornos de las demás nociones. Pero me niego. Queda dicho cuanto antecede con absoluto convencimiento y después de recordar que la revolución reaccionaria es relación de simbiosis y soledad superior que invade ámbitos distintos a los del mero comadreo. Así, el hecho de postrarse ante La Pilarica es garantía de ser portadores del divino y auténtico zarpazo español, que por sí mismo destroza cualquier pretensión monopolizadora de afrancesamiento europeísta y que tiene efectos devastadores allende nuestras fronteras pues siempre hemos sido espejo, en cuanto a hidalguía, en el que toda Europa se ve. Y ese zarpazo es la única santísima forma de acabar con el confort moral de los progres, los articulistas aburridos, la música bacalao y la invasión cultural africana, que aunque hacen unos pinchos deliciosos son más retorcidos que Maragall. Que, por supuesto, no es hidalgo.