PARA CUALQUIER gallego, comparar la catástrofe del Prestige con la ruina de las casas de barrio barcelonés del Carmelo, como hiciera el presidente Maragall, es un sarcasmo y una frivolidad a la que, por cierto, el honorable tiene tendencia cada vez que pretende provocar el interés morboso de la prensa. Salvo que, en ambos casos, algo se ha hundido, las diferencias entre el naufragio de aquel basurero flotante y sus terribles consecuencias y el hundimiento de unas casas por culpa de unas obras subterráneas, presuntamente mal proyectadas, es que, en el primer caso, la catástrofe ecológica tiene una historia épica, de solidaridad y sacrificios humanos ejemplares, que conmocionaron a la opinión pública nacional e internacional y en el caso de Barcelona apenas si han trascendidos gestos evidentes de apoyo de la sociedad a los damnificados, ni siquiera de los propios convecinos de Barcelona. Tampoco se han prodigado los gestos políticos abiertos, antes al contrario. Los responsables autonómicos y municipales más bien se esconden ante el fracaso que les atañe. Sólo al cabo de varios días, el presidente ZP (otra vez la abreviatura de su «marca») ha visitado la zona, ofreciendo tibias promesas y un aguinaldo de anticipo testimonial a unos vecinos arruinados en el más amplio sentido del término. Parece como si todos sintieran vergüenza de que la hermosa Ciudad Condal tenga un vulgar socavón que se traga las viviendas modestas de unos miles de vecinos. Por el contrario, Galicia no se conformó con lamentar la catástrofe, sacó su orgullo a la calle y contagió su coraje por todas la latitudes, y miles de personas acudieron en peregrinaje de solidaridad a limpiar de mierda negra las costas envenenadas como si fuera un problema de todos. Visto en perspectiva y recuperada en gran parte la normalidad, trasciende un hermoso episodio de orgullo y sacrificio que ya está en la historia de la condición humana. No parece que en el Carmelo se escriba una historia parecida porque existen poderosas razones para tapar con hormigón cualquier problema. Incluso los de la libertad de expresión Estos días hemos visto en televisión, en unas imágenes fugaces de esos telediarios light que ahora se llevan, a unos vecinos del Carmelo que buscaban entre los escombros de sus casas alguna foto u objeto que, por casualidad, hubiera podido salvarse. Eran escenas de gran fuerza dramática y, sin embargo, no se apreciaban gestos de legítima protesta; como si las hubieran maquillado. Al menos esa era la impresión que ofrecían las imágenes y es que en este episodio la autoridad ha impuesto el «toque de queda». La catástrofe de Galicia, en cambio, fue un extraordinario lugar para ejercer la libertad de expresión, sin eludir dramatismo ni imágenes terribles ni la agresividad política. La catástrofe ecológica del Prestige provocó uno de esos momentos estelares de las mejores virtudes democráticas: solidaridad, denuncia política y libertad de expresión. Si Maragall no hubiera soltado esa comparación tan frívola la historia de ambos sucesos, cada uno es su dimensión territorial, se igualaría en su aspecto más importante: solidaridad con las víctimas de esas injustificables negligencias técnicas y sobretodo políticas. Pero como el muy honorable se ha ido de la lengua, cabe adjudicarle el des-prestige por su propia chapuza.