Las treguas definitivas no existen

OPINIÓN

RESULTA innecesario echar mano al diccionario para saber que los términos tregua y definitivo son incompatibles. Y es que mientras las treguas se definen por su provisionalidad, lo definitivo es todo lo contrario: lo que no tiene posible marcha atrás. ¿Por qué, pues, sigue hablándose en España de que ETA podría -o debería- declarar una tregua definitiva como paso previo a una eventual negociación? Es sencillo: porque esa fórmula tramposa es la añagaza con la que los partidarios de tratar con ETA creen poder colarnos de matute lo de siempre: que para acabar con el terrorismo hay que negociar previamente con quienes lo practican. ¿Tregua, pues, definitiva? Veamos: si el abandono de las armas por ETA fuese una tregua (temporal) sujeta, como tal, al cumplimiento de ciertas condiciones (las que fueren), la negociación resultaría inaceptable. De hecho, no sólo hemos sufrido lo que hemos sufrido precisamente para no aceptar ninguna negociación en tales términos, sino que sólo comenzamos a derrotar a ETA cuando se aceptó de forma general que la expectativa de una negociación constituía un estímulo para que la banda siguiera con sus crímenes. El Pacto Antiterrorista firmado por el PSOE y el PP supuso la constatación solemne de ese acuerdo al establecer como su base primordial la de que nadie pagaría nunca a ETA un precio político (el que fuera) por el abandono de las armas. Por tanto, si nada puede negociarse con ETA si declarase una tregua temporal, la pregunta subsiguiente es evidente: ¿Por qué habría que negociar con los terroristas si decidieran abandonar definitiva y unilateralmente sus acciones criminales? ¿O es que deberíamos pagar un precio político tras haberlos derrotado, después de no haber estado dispuestos a pagarlo durante los muchos años en que pareció que esa derrota nunca iba a producirse? No, no dejemos que los de siempre nos engañen: con ETA no puede negociarse si no abandona definitivamente la violencia terrorista... ni habría nada que negociar si dejase las armas tras aceptar unilateralmente su derrota. Por eso lo que uno espera del presidente del Gobierno no es que diga, como ha dicho en estos días, que sólo será posible el dialogo con ETA cuando cese la violencia, sino lo que afirmaba antes de llegar a la Moncloa: que con los terroristas no hay nada de que hablar. Si, además, de paso, eliminase cualquier duda a ese respecto, aclarando por qué las conversaciones con Rajoy son de conocimiento general y las celebradas con Imaz y con Carod se mantienen en secreto, pues mejor. Porque si mal está que la vicepresidenta se crea que somos idiotas, peor sería que el presidente insistiera en error tan ofensivo.