El trasero del presidente

| FERNANDO ÓNEGA |

OPINIÓN

LA SEMANA que hoy termina deja, como todas, imágenes políticas altamente sugestivas. Pero probablemente pocas como la de nuestro apreciado ministro de Asuntos Exteriores, Miguel Ángel Moratinos. Este hombre, máximo responsable de nuestra diplomacia, terminará por caernos bien. De momento, nadie le puede negar esfuerzos sobrehumanos por hacer un puente que cruce un Atlántico de incomprensiones y consiga unir Moncloa y Casa Blanca. Ahí lo tenéis, en las reuniones internacionales, colándose entre cancilleres y asaltando a los secretarios de estado americanos, primero Powell, después Condoleezza, para obtener la limosna de una reunión: «Un contacto, por el amor de Dios, un contacto para mi ZP». Y poco a poco va consiguiendo su colección de vídeos y fotos: diez minutos con el Powell que ya no está, cinco minutos con la Rice, que tanto manda. Moratinos, en esas asambleas, es como los canaperos de los cócteles, que van buscando un autógrafo de famoso. Me inspira una gran ternura. Zapatero le habrá dicho: «Arréglame esto». Y el «esto» es aquel día que el presidente no se levantó ante la bandera americana, y el otro que trajo las tropas, y el otro que invitó a todos a hacer los mismo, y el popular Bono que dijo que hemos dejado de estar de rodillas. Y ahí me lo tenéis, protagonista de una misión presidencial imposible, bajo los focos y la incomprensión. Comprendemos tan poco a Moratinos, que le echamos la culpa de que vengan los submarinos británicos y le negamos la gloria de que cumplan el plazo de su marcha. Le miramos con tan poca simpatía, que hay cronistas irrespetuosos que dicen que engorda de una recepción a otra y no le sirven los chaqués. Interpretamos tan mal sus gestos, que hasta TVE calificó como «frío» su encuentro con Condoleezza, cuando él está encantado y cree haberla seducido. Y, para remate de ceremonia y fruición de tertulianos, va el Centro de Investigaciones Sociológicas y lo coloca como el ministro peor valorado, en reñida competencia con la muy eficaz ministra de la Vivienda, señora Trujillo. Quiero defender a nuestro ministro de Exteriores: ¡él no tiene la culpa! Él nunca estuvo en las manifestaciones donde se hablaba de asesinos. A él sólo le toca bailar con la más fea y, encima, le salió respondona. Moratinos es ese ministro que hay en todos los gobiernos que se lleva los palos. Es la cara de una política errática que él no ha conseguido encauzar. Es el rostro visible de una gestión diplomática que, al parecer, no tiene más cauces de comunicación con Estados Unidos que esa búsqueda ansiosa de altos cargos entre canapé y canapé. Moratinos es, en el fondo, el trasero del presidente del Gobierno donde se dan las patadas con mayor impunidad.