El símbolo Europa

| JAVIER GOMÁ LANZÓN |

OPINIÓN

11 feb 2005 . Actualizado a las 06:00 h.

SE NOS CONSULTA sobre el Tratado por el que se establece una Constitución para Europa. Europa aparece aquí como el sujeto constituyente que se da a sí mismo una Constitución, un sujeto histórico que preexiste a ésta. Pero, ¿dónde está o ha estado ese sujeto? Bien mirado, Europa no ha existido nunca. Han existido en nuestro continente a lo largo de los siglos polis, ciudades-estados, imperios, feudos, monarquías, Estados modernos, pero nunca un país denominado Europa o una organización política definible con ese nombre, no ha habido nunca una población europea, carecemos de un idioma europeo. Se podría argüir entonces: Europa no es un sujeto histórico, es una tradición. Pero ¿cuál? Es casi un lugar común afirmar que Europa se ha erigido sobre tres grandes tradiciones: la filosofía griega, el Derecho romano y el cristianismo. En mi opinión, las tres mantienen una influencia tan profunda en la civilización occidental que no es fácilmente observable: no se puede ver porque es justamente aquello que nos permite ver, las condiciones de visibilidad del mundo. Sin embargo, el preámbulo de la Constitución europea elude mencionarlas. Dice inspirarse en la herencia cultural, religiosa y humanista de Europa, pero no concreta esa herencia, no precisa el contenido de la misma y en consecuencia no es una mención operativa, es una afirmación tautológica del estilo «me inspiro en aquello que me inspira». Se refiere también el preámbulo a la persona humana, la democracia, la igualdad, la libertad y el Estado de Derecho. Y ahora cabe preguntar: todos estos valores y principios ¿constituyen una tradición que defina a Europa con rasgos distintivos que le sean propios y exclusivos? Muchos opinarían que la revolución americana y su Constitución, la primera escrita de la Historia, fueron pioneros y modelos de democracia, igualdad, libertad y Estado de Derecho. No son éstos, pues, valores genuinamente europeos, sino en todo caso occidentales. La prueba de la ausencia de la realidad de Europa como entidad histórica es el artículo del Tratado dedicado a los símbolos, el 1-8, que enuncia los símbolos de la Unión , la bandera, el himno, la divisa Unida en la diversidad , la moneda, el Día de Europa. Un símbolo es una realidad sensible y tangible que remite a un significado general, y un símbolo político es una realidad sensible y tangible -como una bandera, un himno, una moneda- a la que la historia de un pueblo o de una nación dota de un poder sentimental: un símbolo político es la constitución del corazón y del sentimiento. Salvo el himno -el Himno de la alegría de la 9ª Sinfonía de Beethoven, elección defendible pero arbitraria-, los demás son constructos de la propia Constitución, desprovistas de historia. Son creaciones de la razón y no emanaciones de un sentimiento de pertenencia a una comunidad histórica compartida, que nunca ha existido. En un precioso ensayo titulado Mahoma y Carlomagno, el célebre historiador Henri Perenne defendió la tesis de que Europa nació en un año determinado. El mundo greco-latino había sido una civilización que floreció alrededor del mar Mediterráneo, basada en una alianza de muchos siglos entre el Este y Oeste. Cuando murió Mahoma, los árabes conquistaron todos los territorios del sur del Mediterráneo, convertido en un lago musulmán, y sobre todo separó el Oeste romano del Este bizantino. Una nueva alianza sustituyó a la anterior: en lugar del eje Este-Oeste, el eje Sur-Norte. El día en que el Papa (Sur) coronó a Carlomagno (Norte), se inauguró de verdad la Edad Media y se alumbró Europa. Esto sucedió exactamente en el año 800. Al principio no se llamó así sino Cristiandad, en nombre de la cual se emprendieron las cruzadas. En los siglos XVII y XVIII se produce el cambio: en 1620 la palabra Europa es todavía excepcional; en los alrededores de 1750, ya es de uso común, y Cristiandad un arcaísmo. En el siglo de las luces, Europa continuó la alianza Norte-Sur ahora en el seno de una modernidad secularizada. Pero ni en un caso ni en otro se trataba de un país, ni de un territorio, ni de una lengua, ni de una población, sino de una idea-axial con gran capacidad emotiva. La Unión Europea carece de símbolos porque ella misma es el símbolo máximo dotado de una extraordinaria potencia integradora. Es una fórmula mágica, una marca prestigiosa sin patente y disponible para su uso. En sentido estricto, los países de la Unión se han apropiado de una marca que no les pertenece o no les pertenece más que a otros países que no son miembros de la UE, como Suiza o Noruega. Pero hay que reconocer que esa apropiación estaba en cierto modo justificada desde la creación del CEE, por cuanto los seis Estados fundadores, que ya expresaban ese eje Norte-Sur (con Alemania, Francia e Italia), declararon desde el principio su vocación integradora y expansiva. Y para ese objetivo, el símbolo Europa era apropiado, dado su carácter promisorio, incoativo, que impele a su propia realización. La originalidad de esta gran empresa colectiva estriba en que tenemos el símbolo antes que la realidad que simboliza. Para algunos, la realidad Europa merece un voto negativo o la abstención crítica; pero para la inmensa mayoría, el símbolo Europa merece uno positivo.