EL 52 POR CIENTO de los etarras que curan su paranoia en prisión propugnan prolongar y avivar el clima de terror. Siguen creyendo que así llegará la liberación del pueblo vasco. El 48 % restante se muestra partidario de poner fin a la locura y buscar una salida negociada. Los primeros, los más descerebrados si cabe, parecen ser los que, de momento, ocupan los puestos claves en la organización terrorista. Según este patrón, el atentado de ayer de Madrid tiene una paternidad cuando menos discutible. ¿Fue promovido por los partidarios de los baños de sangre para demostrar que es su forma de entender la convivencia. O, por el contrario, ¿lo fue por los que están dispuestos a negociar pero quieren mostrar su fortaleza y amenaza permanente? ¿O tuvo una paternidad común? Es difícil saber hasta dónde puede llegar la demencia de los que han hecho del horror y el odio su forma de vida. Es difícil saber si lo que ayer nos quisieron decir es que seguirán empuñando las armas hasta el último día, o que negociarán desde una posición de fuerza. Pero precisamente estos días que nos sobrevuela la duda de si existen negociaciones, es necesario exigir que no se les dé el mínimo aliento en tanto mantengan el lenguaje de la cloralita. Porque aunque el ex jesuita Arzalluz ya nos advirtió en marzo del 80 que «los de ETA son gente de palabra» y meses después pidió que no les tratásemos «como a una cuadrilla de asesinos», debemos de ser realistas. Lo que ayer nos quisieron decir es que están dispuestos a seguir matando. Zapatero así lo entendió. Y, muy serio él, les contestó que «las bombas sólo conducen a la cárcel». Más bien al cementerio, señor presidente. Las bombas conducen siempre al cementerio. Puede usted decirlo sin temor a estropear su empalagoso talante.