SI HAY que andarse con pocos remilgos a la hora de condenar la ocupación de Irak por mandato de Bush, también hay que tener la honradez de reconocer la esperanza que significa la participación iraquí en las recientes elecciones celebradas en el país. No se trata de un episodio menor que se pueda reducir a simple noticia de un día, como han hecho prestigiosos medios de comunicación europeos. Se puede estar contra la política unilateral de la Casa Blanca (y contra sus mentiras) sin necesidad de silenciar o restarle grandeza a las elecciones iraquíes, en las que millones de ciudadanos se atrevieron a acudir a las urnas a pesar de las amenazas de grupos con muy acreditada capacidad terrorista. Porque si no se ve esto, tampoco se verá la manera de colaborar para que el resultado final de la invasión no sea el surgimiento de un nuevo Estado fundamentalista islámico sino algo parecido a la democracia turca. Mirar para otro lado no nos hará más grandes a los europeos, como tampoco hará más grande a Bush si en su visita a Bruselas el próximo día 22 sólo ve alemanes, franceses o españoles, en vez de ver y dirigirse a una Unión Europea que, con todas sus flaquezas, es la realidad más espectacular de los últimos años y con la que mejor se puede entender. Es un circuito del que hay que salir. Bush ignora a la UE, y la UE ignora el conflicto iraquí. Mientras, Irak mira hacia un destino incierto, que puede ser tan malo como el que desean los partidarios de un segundo Vietnam para EE.?UU., o tan bueno como el que queremos quienes pensamos que la solución no está en mirar hacia otra parte sino en asegurar el camino que debe llevar la situación a buen puerto. Los europeos podemos infravalorar el heroísmo demostrado por los votantes el día de las elecciones (al fin y al cabo nosotros votamos cada dos por tres), pero, si lo hacemos, no podremos considerarnos un gran actor global, con verdadero peso en el mundo. La torpeza de Bush con la Unión Europea está acreditada, pero por momentos también se constata que la torpeza de la UE con EE.?UU. empieza a no irle a la zaga. Y tantas torpezas no son buenas. Ha llegado la hora de inaugurar una nueva etapa en la relación.