LO QUE de verdad caracteriza a la tragedia no es la profundidad del dolor que causa, ni la cantidad de muerte que acarree, porque no hay nada que acarree más muerte que la propia vida y nada hay más doloroso que la suma de todas las pequeñas penas de una sola jornada del mundo o de todas las tristezas de una sola vida. No, lo que de verdad caracteriza a la tragedia es otra cosa: es su inutilidad, su gratuidad. Eso es lo que nos fascina de las tragedias: que pudiendo no haber ocurrido, ocurren, y que ocurren porque sí y para nada. Esa fascinación por la fragilidad del destino humano es lo que llena la literatura universal, y será siempre un tema para los poetas y los filósofos. Para los poetas y los filósofos, pero no para los periodistas de televisión. Y esto pudo verse precisamente el domingo, cuando la terrible noticia de las dieciocho muertes de Todolella golpeó los informativos de las grandes cadenas. Televisión Española, por ejemplo, interrumpió bruscamente la emisión de una película para comunicar la noticia. Una locución apresurada y seca, un mapa genérico de la provincia de Castellón y una nebulosa de suposiciones. Esto fue todo lo que se le pudo ofrecer al telespectador, poco más que un rumor alarmante. A partir de aquí, conexiones en directo una y otra vez para un ceremonial inútil e innecesario, cruel en su aparente piedad. Era un seguimiento en el que no había nada que seguir, porque la noticia triste ya había sucedido. Ni el momento del traslado de los cuerpos a la morgue ni la precisión de si son diecisiete o dieciocho los cadáveres son noticia, ni siquiera entran dentro de lo que se puede llamar información. La única información que podría realmente tener algún interés para los espectadores, la lista de los fallecidos y el análisis de las causas del suceso, no estarían disponibles hasta la salida de los periódicos (éste mismo) ayer. Esto sí es periodismo de sucesos: la noticia acompañada de su valoración, de su colocación en el contexto de la realidad. Lo otro, lo del domingo, no era más que una simple contemplación morbosa de la tragedia, un simulacro de urgencia para lo que no tiene ya nada de urgente, un desperdicio de uno de los vienes más escasos de este mundo: la compasión.