CON EL DESPARPAJO intelectual y asimetría moral que caracterizan al actual presidente de la Generalidat de Cataluña, don Pascual se ha despachado con unas declaraciones en las que compara los destrozos provocados por la construcción del túnel del metro barcelonés en el barrio del Carmel con el naufragio del Prestige . Aún es pronto para conocer con exactitud las causas y determinar las responsabilidades del derrumbe, pero hay cosas que deberían ser -¿lo son en realidad?- muy distintas como, por ejemplo, la figura del promotor. En el caso del maldito barco, el armador era más o menos pirata y utilizaba una bandera de conveniencia para burlar las responsabilidades en que pudiere incurrir en caso de siniestro. En el caso catalán, ni la Generalidat ni el Ayuntamiento de Barcelona, ambos en manos socialistas o del tripartito, deberían lavarse las manos después de provocar la desfeita, pues, aunque les pese, siguen siendo instituciones españolas. Aquí, en Galicia, se montó una campaña feroz y demagógica de acoso y derribo de los gobiernos populares autonómicos y de España, porque tuvo la desgracia de naufragar frente a nuestras costas un barco mal arreglado y peor certificado que hasta entonces nadie conocía. Probablemente, como políticos, ni Maragall ni Clos sean responsables de los errores técnicos cometidos, pero no estaría de más que si con la complicidad de la prensa afín no se entierra el asunto junto con las casas derribadas, se investigaran una serie de cuestiones técnicas y organizativas que pueden dar algunas claves de lo sucedido:¿había verdaderos estudios previos?, ¿por qué se eligió el sistema más barato?, ¿existían recursos preventivos?, ¿el director de obra y el coordinador de seguridad y salud eran profesionales con autoridad suficiente o simples cabezas de turco, de situación precaria, a sacrificar llegado el caso para proteger las verdaderas responsabilidades? Pero si hay otro Nunca Máis, la culpa será del crispador PP.