YA EN LA ANTIGÜEDAD, cuando las Saturnales presagiaban la explosión vital de la primavera, las celebraciones que hoy conocemos como Carnaval estaban basadas en la ruptura del orden social y en una contraposición de situaciones que servía para explicar la vida ordinaria. El niño no rompe los juguetes para destruirlos, sino para conocerlos por dentro; y el adulto que se desmadraba en las Saturnales tampoco salía a la calle para hundir el Imperio, sino para hurgar de forma irreverente en un orden rígido que determinaba sus quehaceres. Cuando la Iglesia empezó a cristianizar la sociedad europea se limitó a transformar el universo axiológico que subyacía en la sociedad tardorromana, pero no destruyó los fundamentos antropológicos de los festejos. A mediados del siglo V ya era evidente que el centro de la primavera iba a estar ocupado por los misterios de la pasión, muerte y resurrección de Cristo, pero es a partir del siglo IX cuando se adquiere el formato actual, que sitúa los Carnavales al comienzo de la Cuaresma, en una fantástica contraposición de órdenes que marcó la vida occidental de los últimos mil años. Tal como ahora los vemos, con la sola excepción de los grandes escenarios urbanos de Río, Bahía, Venecia o Tenerife, los Carnavales carecen de sentido. Son un engorro para los sociedades civilizadas, estropean el ritmo laboral y educativo, y sólo dan ocasión para que asome a las calles el hortera insoportable que todos llevamos dentro. Hoy vivimos en sociedades permisivas e individualistas, que mantienen una dicotomía esencial entre la vida social y la privada. Hacemos todos los días lo que nos da la gana. Comer cacheira nos produce mala conciencia y nos llena de michelines. Y hasta hemos perdido los códigos axiológicos que nos ayudaban a diferenciar el Carnaval de la Cuaresma y la Navidad de la Constitución. Lo que hizo vivir el Carnaval en el mundo rural no fueron los concejales de cultura (triste destino para un Carnaval y para un concejal), sino la ruptura radical entre la juerga del martes y la ceniza del miércoles, entre las enchentas de cacheira y aquellos ayunos cuaresmales que, si hoy volviesen a practicarse, ahorrarían millones de euros al sistema sanitario. Lo que siempre entendieron los cristianos era que el hombre tenía dos dimensiones: una vida terrenal, que se anunciaba en el Carnaval, y un espíritu de eternidad que renacía en cada Pascua de Resurrección. Por eso somos cada día más los que, sumidos en el laicismo militante que nos invade, pasamos de salir a la calle a ver culos con celulitis y pechos amoratados de frío. Porque sólo el gregarismo más estúpido puede hacer un Antroido quitándole la Cuaresma.