EL enciclopedista D'Alembert dijo que la política es el arte de engañar a los hombres. Voltaire aseguró que es el arte de mentir deliberadamente. El suizo Louis Dumur sostuvo que es el arte de servirse de los hombres haciéndoles creer que se les sirve a ellos. Y el italiano Arturo Graf sentenció que es el arte de traicionar los intereses reales y legítimos y crear otros imaginarios e injustos. Pensaba en tal acumulación de arte mientras escuchaba el miércoles cómo el lendakari Ibarretxe instaba al Gobierno central a que permitiese la participación de Batasuna en los comicios vascos «porque deben ser los votos de los ciudadanos los únicos jueces de los proyectos políticos». Si algo sabe hasta el último mono (de Gibraltar, de Euskadi y del resto de España) es que nada conviene más a los intereses del PNV que la ausencia de Batasuna, a cuyos votantes dirigía Ibarretxe su mensaje con el no disimulado afán de acogerlos en su seno partidario. Y es que el lendakari no deja de tener la mano tendida para negociar su plan, que representa, según él, «una maravillosa oportunidad para avanzar». ¿Hacia dónde? No lo dice. Él tiende la mano, pero no está dispuesto a cambiar ni una coma de su texto. Es el arte de Ibarretxe.