SEGUNDA estación del tedioso vía crucis. Juanjo, despojado de sus razones, humillado por los representantes del pueblo español y condenado a no ser comprendido, inicia el camino de la salvación de su pueblo. Regresa a Euskadi, reúne precipitadamente a los suyos, anticipa los comicios y anuncia nuevas acciones. En realidad Juanjo podía haber tomado otros itinerarios. Uno, que el Parlamento iniciase la elaboración de un nuevo texto. Otro, que optase por esa tercera vía ofertada por el presidente Zapatero. Pero no. El plan es el que es y no se mueve ni una coma. Y en esto, «no hay vuelta atrás», como ya nos advirtió el propio lendakari. Si queremos una España más plural, más abierta y más democrática, apandamos con el plan de Juanjo o rompemos la baraja. Por eso hacer, como hemos hecho, valoraciones entusiastas del debate del martes es propio de primerizos. Y ya no lo somos. Cierto que Rajoy y Rubalcaba estuvieron para nota. Pero también lo estuvo Ibarretxe. Pese a que regresó a Vitoria derrotado, a decir de unos, y ultrajado y ofendido, a decir de sí mismo. El hecho de que la propuesta del nuevo Estatuto vasco fuese rechazada mayoritariamente, no quiere decir que hayamos solucionado el problema. Todo lo contrario. Quiere decir que el problema comienza ahora, sobre todo porque e futuro de Euskadi se va a abordar junto con el catalán, con un Maragall mucho más astuto que Ibarretxe, y el canario que, de la mano de CC y PP, va a presentar un borrador estatutario que sobrepasa ampliamente los límites constitucionales. Por eso comenzamos un nuevo calvario. Y no nos engañemos. Juanjo salió del Parlamento español más reforzado de lo que entró. Por eso se ha puesto en movimiento. Por eso y porque, como dicen los chinos, sabe que un viaje de diez mil kilómetros empieza por un paso. Y él ya lo ha dado.