SÉ BIEN que un periódico es una gran novedad recién llegado al quiosco y una pieza de anticuario veinticuatro horas después, pero no se me despinta el hecho de que los historiadores trabajan con piezas de anticuario que articulan su interpretación de la historia, de las cosas que pasan a tenor de las que pasaron y de lo que se dijo de ellas. Quiero decir que hay ocasiones en que la noticia, la novedad de lo publicado, alcanza su más cabal dimensión al cabo de un tiempo que va más allá de las veinticuatro horas. Es el caso de la entrevista aparecida en Newsweek el pasado 21 de junio con Mamad Abbas, diez meses después de que dimitiera como primer ministro de los palestinos, cuatro meses antes de que muriera Arafat y cuando faltaban seis para que se convirtiera en presidente de la Autoridad Nacional Palestina. En esa entrevista admite que presentó la dimisión en cuanto fue consciente de que alguien estaba dispuesto a matar o a tomar una iniciativa sangrienta en el seno de Al Fatah. Cuando el entrevistador, Dan Ephron, le pregunta sobre el papel jugado por Arafat en la peligrosa situación personal que le llevó a dimitir, Abbas responde que no está dispuesto a mencionar nombre alguno, «pero, para aclarar algo las cosas, le diré que no he mantenido la más mínima relación con Arafat desde que presenté mi dimisión, y eso que vivo a cien metros de su residencia en Ramala». Puesta en tal punto tan peliaguda cuestión, Abbas repasa el proyecto político que Arafat le impidió llevar a cabo, y que coincide con lo que ha ido poniendo en práctica hasta conseguir una cumbre con el primer ministro israelí, Ariel Sharon, el próximo 8 de febrero. Sugiere también que la retirada israelí de Gaza es fruto de la presión ejercida por Washington sobre Israel a partir de la irritación americana ante ciertas iniciativas del gobierno israelí, y asegura que el presidente Bush le prometió, en presencia del vicepresidente Cheney, «el establecimiento de un canal secreto de comunicación entre palestinos, israelíes y americanos para resolver definitivamente las condiciones decisivas de un estado palestino». Mamad Abbas (o Abu Mazen) ha conseguido el despliegue en Gaza de su propia policía, la suspensión de los golpes de mano por parte del ejército israelí, una cierta disuasión sobre los francotiradores de cohetes palestinos, la participación de Hamas en los procesos electorales, así como su reconocimiento de las fronteras israelíes en 1967, y, aunque no tanto como una hudna (tregua), sí lo más parecido a un tahde'a (sosiego) entre los tres grupos armados palestinos de beligerancia más coherente y constante. Teniendo en cuenta que los espasmos de violencia habituales en el contexto están influyendo por debajo de lo normal en el tesón de unas conversaciones secretas con participación egipcia y siria, el presidente palestino puede presentar ante Sharon unos hechos fehacientes a los que Arafat jamás estuvo dispuesto. Cuando las cosas llevan cincuenta años dando tumbos por los rastrojos, no es de tan mal agüero verla pendiente de un hilo.