SI TIENE OPORTUNIDAD, me temo que Mariano Rajoy negará tres veces la posibilidad de hacer campaña conjunta con los socialistas a favor del sí a la Constitución europea. Primero lo ha hecho él mismo, respondiendo a la invitación de Zapatero para intervenir en un acto con líderes europeos -a los que Rajoy debería aproximarse cuando menos tanto como lo que se separó su antecesor-, y luego a través de persona interpuesta, Manuel Fraga, que también ha respondido negativamente a la propuesta de Pérez Touriño. Si hubiera una tercera ocasión, me temo que por tercera vez diría no el presidente del PP. Excepto lo que puedan justificar sabe Dios qué posibles ocultos intereses partidarios, parece un tremendo error que el PP profundice en la política de aislamiento en la que lo metió Aznar, bien es cierto que con la colaboración de los partidos de izquierda y nacionalistas. Circunstancias muy diversas ya explicitadas por muchos, a las que podría añadirse la premura del referéndum, denunciada por Francisco Vázquez, dan por hecho que el apoyo al tratado internacional va a ser escaso. Dejar en solitario en esa tesitura al ejecutivo Zapatero, como con intención de que se coma el marrón del fracaso, puede generar dificultades para el apoyo futuro de los españoles a la construcción europea. Justo cuando los poco entusiastas del europeísmo pueden manipular el hecho de que España va a perder parte de las generosas ayudas recibidas de la UE durante largos años. La actitud de Rajoy podría asimismo consolidar la idea de que las bases del PP situadas más a la derecha quieren pasar el trance del referendo con una actitud tibia, que su presidente no quiere condenar explícitamente. El asunto tiene la trascendencia suficiente como para hacer posible la colaboración interpartidaria, favorecida en casos no más importantes. Tanto o más grave, si cabe, es que Rajoy ni se impone ni parece que vaya a hacerlo para cambiar el rumbo de un partido que cada vez está más lejos del centro.