EL ENCICLOPÉDICO gallego don Salvador de Madariaga lo explicaba más o menos así. Muchos vascos son personas de una sola idea. Y para meterles una nueva, tienes antes que sacarle la que tienen. De lo contrario, no hay manera posible de entenderse con ellos. Eso es lo que hay que hacer. Empezar por sacarle a Ibarretxe, a sus devotos y a los que le ovacionan cada domingo antes de misa de doce, que no son cuatro, la idea que les ocupa la sesera. Decía don Jacinto Benavente que una idea fija siempre parece una gran idea, no por ser grande, sino porque llena todo el cerebro. Y ahí están. Con la idea de que el pueblo vasco dispone de facultad para decidir no sólo su futuro, sino también el del resto de parroquianos que poblamos este país. O lo que es lo mismo: la idea de que nos divierte perseguirlos, humillarlos y zarandearlos. Es la gran faena que nos queda por hacer. Arrancar esa idea. Porque a pesar de llevar años dedicados a explicar que la mayoría de la sociedad no está, en este momento, por la labor de levantar otro modelo de Estado, siguen instalados en las exigencias quiméricas, en el victimismo y en la sinrazón. Y hoy, precisamente hoy, vamos a ver cómo se inicia un largo camino que mucho nos tememos que no sea más que un tedioso vía crucis, salpicado de sobresaltos, disgustos y tensiones. Por eso es importante que el Parlamento reciba al lendakari con más respeto que nunca, con actitud abierta y dialogante, con ansias de entenderse, con mesura y sin ánimo de reprimendas ni broncas. Porque va a llegar con una sola idea. La de tratar de explicarnos que las aspiraciones de los vascos son otras y que no los entendemos. Sí los entendemos. Demasiado bien. Lo que nos ocurre es que somos incapaces de sacarles esa idea que tienen para poderles hacer entender todo lo demás.