DENTRO del marco de entusiasmo, tan perfectamente descriptible, con que el PP endosa la campaña del Gobierno en pro del referéndum sobre el Tratado para la Constitución, resulta de una coherencia igualmente perfecta su rechazo de la invitación formulada por el presidente Rodríguez Zapatero para el mitin de Barcelona, en apoyo del «sí». ¿Razón? La presencia en el acto de los hombres del eje franco-alemán, Jacques Chirac y Gerhard Schröder. «Quitan -dice Rajoy de estos- poder a España». El argumento tiene su miga, más allá de lo sólo desestimatorio. Esa recordada merma de poder deriva del Tratado constitucional, impuesta por París y Berlín, que instruyeron a Giscard d'Estaing para que cambiara el sistema de equilibrios establecido en el Tratado de Niza. Si el rechazo formal es por tan importante asunto, lo que materialmente contiene es la defensa del Tratado de Niza. De rechazarse el Tratado para la Constitución en el referéndum, continuaría la normativa europea vigente. Nada se movería de como está. Regiría el Tratado de Niza. El proyecto europeo perdería una ocasión, es cierto; pero España no perdería poder ni Polonia tampoco. Habría que esperar otra propuesta constitucional que permitiera preservar la continuidad de este status quo legítimamente establecido. Lo que se encuentra implícito en el argumento de Rajoy es la negativa a legitimar en referéndum nacional un Tratado que merma los actuales derechos de España. Y lo que también se plantea en este asunto es la pregunta de si Zapatero no se ha pasado de rosca al traerse hasta Barcelona a Chirac y Schröder: los directamente responsables de la merma del poder político español. Vistas así las cosas, lo que cabe concluir en Zapatero es menos la existencia de un ánimo apologético de la unidad política de Europa que el propósito de un añadido trágala contra la entera política exterior de Aznar. Desde el error en Irak al acierto en Europa.