Goya

| MIGUEL-ANXO MURADO |

OPINIÓN

BOUZA

ERA LA GALA de los premios Goya, y una y otra vez veíamos surgir el mismo lamento: el cine americano compite deslealmente con el cine español y esta es la razón de que el cine español haya perdido este año tres millones de espectadores. Cuando no es eso, es la piratería, y ahí son los propios espectadores españoles los que boicotean al cine español. Así, entre el enemigo de fuera y el enemigo de dentro, se acaba con la industria. Puede ser. Puede que el público prefiera el cine americano, aunque, como tantas veces se ha dicho, a lo mejor esto depende de la calidad o la oportunidad de lo que se le ofrezca. Tampoco está claro siquiera si es malo o bueno que a la gente le guste esto o lo otro, o si es buena idea andar cambiándole los gustos. Pero no nos metamos en eso. El caso es que a quien desde luego parece que sí le gusta el cine americano es a los propios profesionales del cine español, porque, paradójicamente, proferían estas quejas en un envoltorio imperfectamente americano. Empezando por el propio nombre que le han dado a su asociación profesional (el pomposo título de Academia de las Artes y las Ciencias) y siguiendo por la concepción, la puesta en escena, el guión y hasta la música de la gala, todo en los Goya es, desde sus inicios, una especie de función escolar basada en los Oscar, una imitación superficial de un espectáculo ya en sí mismo superficial, y que más que en una copia se queda en una parodia del original. Era como el comienzo del primer capítulo de Guerra y Paz de Tolstoy: en una fiesta, los aristócratas rusos comentan con preocupación las noticias que llegan sobre el avance de Napoleón por Europa. Hablan con desprecio y con miedo de los franceses, pero¿ lo hacen en francés. Año tras año, la gala de los Goya no logra funcionar, y quienes la organizan deberían saber por qué: quizá no funciona porque sea cierto que «sentimos, creamos, pensamos, etcétera» de manera diferente, como dice una de las publicidades del cine español en su combate con el cine norteamericano. Para bien y para mal, así es. Ni los presentadores y actores del cine español saben cómo lograr esa conjunción eficaz de rigor profesional y superficialidad de los presentadores y actores de la gala de los Oscar ni estos espectadores tienen aquella ingenuidad casi infantil ante el espectáculo del cine. No es que no sean ingenuos ellos ni los norteamericanos cínicos. Unos y otros lo son, pero con cosas distintas. Esa es la diferencia.