PASARON los alegres Goya, «la gran fiesta del cine español». Y tras disfrutar de su gala, revolotean preguntas políticamente incorrectas: -¿Por qué está tan «de fiesta» un cine que en el año 2004 palmó 3,3 millones de espectadores? -¿Cómo un gremio con tanto talento es incapaz de armar una gala que no nos dé cierta vergüenza ajena? -¿Por qué tiene usted que financiar con sus impuestos películas que no interesan a nadie, como una que sólo fue vista por 20 sufridores? -Si nuestro cine es tan bueno y lo único que ocurre es que está acogotado por el rodillo estadounidense, ¿por qué ningún empresario se anima a abrir unas salas en las que sólo proyecten el excelso cine español? -¿Por qué cada cuatro minutos el realizador de los Goya nos intercalaba un plano de Zapatero y su mujer? ¿O será que querían enfocar a Gabilondo, que estaba justo delante? -¿Por qué la crítica política del gremio apunta siempre en la misma dirección? ¿No existen actores o directores que no simpaticen con el PSOE o IU? ¿O es que desaparecido Aznar hemos entrado en el Mundo feliz de Huxley y ya no hay crítica posible? -¿Por qué Galicia tiene que brindar con champán por triunfar en las categorías de actores secundarios y peluquería? ¿Y por qué esquecemos que la «gallega» Mar Adentro tiene capital madrileño, director madrileño, guionista madrileño y protagonistas madrileños? -¿Por qué no reconocemos que el auténtico (¿único?) crack gallego del cine español es el lucense Julio Fernández, que sin ir de gurú concienciado acaba de colar uno de sus filmes en el sexto puesto de taquilla de EE. UU.?