Europa en construcción

| XOSÉ LUÍS BARREIRO RIVAS |

OPINIÓN

EN 1978, cuando fuimos llamados a refrendar la vigente Constitución, nadie discutía la existencia de España. Por eso era muy fácil centrar el debate en la arquitectura institucional de nuestros poderes y en los grandes principios que iban a definir nuestro modelo democrático. El Estado español es una realidad muy concreta y con larga trayectoria histórica, el sujeto político de la Constitución es un pueblo con fuerte personalidad cultural y política y con clara conciencia de su identidad, y el conjunto de intereses que alentaban la Transición ofrecían un panorama muy integrado y bien depurado por el tiempo. Pero la Constitución para Europa se mueve en las antípodas de aquel referéndum: el territorio de Europa, recientemente ampliado, está pendiente de nuevas y problemáticas incorporaciones; la historia de Occidente está hecha de confrontaciones y divisiones; el sujeto político europeo está fragmentado en docenas de pueblos que están acostumbrados a afirmar su identidad en contra de sus vecinos; la realidad de Europa es en sí misma discutida y el edificio institucional que estamos levantando está lleno de incertidumbres jurídicas que dificultan su comprensión por los ciudadanos. Por eso es importante recordar que la aprobación de una Constitución para Europa sólo es un peldaño en la escalera, cuyo acierto y virtualidad deben ser analizados en un contexto progresivo y abierto. La Constitución para Europa da importantes pasos en la integración política, en la protección y ejercicio de los derechos cívicos, en la democratización y parlamentarización del sistema, en el diseño de procedimientos eficaces de decisión, en la creación de una política exterior y de defensa común, y en la definición de un espacio político complejo que, superando el concepto étnico de pueblo, asienta su nueva realidad sobre el consenso de los Estados y la legitimación de los ciudadanos. Y esa es la razón por la que el texto constitucional no debe ser sometido a un examen hecho con las plantillas del viejo Estado, ni con los idealismos que circunvalan el paraíso terrenal. Lo que ahora debemos analizar es si Europa avanza o se detiene, si hay alternativas mejores y más eficientes, y en qué medida los fundamentos ideológicos de esta Constitución apuntan hacia un espacio de libertad y progreso o hacia un marco dominado por las tensiones y el unilateralismo. Por eso creo que el debate no está entre los que quieren una Constitución u otra, sino entre los que entienden y participan la colosal empresa política en la que nos hemos embarcado, y los que siguen sin romper con el modelo de pueblos, Estados y fronteras. Ser o no ser : esa es, eternamente, la cuestión.