Cuanto peor, mejor

| ANXO GUERREIRO |

OPINIÓN

27 ene 2005 . Actualizado a las 06:00 h.

PESE A QUE desde hace meses sigo con especial atención la evolución de los acontecimientos en el Partido Popular, debo confesar que, aún habiendo aparcado apriorismos políticos y prejuicios ideológicos, no he sido capaz de conocer cuál es el discurso oficial de la derecha española, cuáles sus objetivos y prioridades. Cada vez que hablan sus líderes políticos o sus portavoces mediáticos sólo escucho análisis apocalípticos, anuncios de catástrofes sin fin, soflamas incendiarias o terribles anatemas. Pero resulta difícil advertir en sus proclamas siquiera indicios de una alternativa política coherente. Al contrario, oyéndoles da la impresión que un sector del PP, que parece haber logrado posiciones de privilegio en la dirección, ha llegado a la peligrosa conclusión de que la única forma de retornar al poder consiste en mantener con insistencia un discurso duro, capaz de generar un feroz enfrentamiento social y una insoportable crispación política. Es el sector de la derecha española que considera que el poder les pertenece por derecho natural; que piensa, como Álvarez Cascos, que el Gobierno socialista es una anomalía en la historia de España y añora el discurso rupturista de Aznar y de su entorno. Por eso Acebes, Zaplana, Aguirre, Jiménez Losantos..., pugnan pertinazmente por ocupar el centro del escenario, mientras Gallardón, Piqué..., se desvanecen y corren el riesgo de diluirse como un azucarillo en un vaso de agua caliente. En estas circunstancias, Mariano Rajoy no puede permanecer impertérrito, limitándose a sortear los problemas o a balbucear obviedades. Está ineludiblemente emplazado a demostrar que no es un rehén del aznarismo, y a acreditar su capacidad para definir y liderar un proyecto político propio. Necesita, con urgencia, despejar las dudas existentes, tanto en sus propias filas como en la sociedad española. Pero, sobre todo, ha de ser consciente que le queda poco tiempo para decidir qué camino político va a seguir. El que reclama el sector más duro, convencido que en España sólo se producen cambios en medio de una gran crispación social, o el de quienes en su partido piensan-como la mayoría de la sociedad española-que la alternancia debe producirse desde una oposición firme y exigente pero basada en los valores comunes de la convivencia y la Constitución. Parece evidente que esta segunda opción es la deseable, no sólo para los intereses del PP sino, y sobre todo, para los de la democracia española. Porque es verdad que el intento de reproducir la situación que en 1996 llevó al poder al partido conservador está destinado al fracaso; porque es cierto asimismo que un discurso ultramontano inhabilita al PP para ganar unas elecciones, pero lo es también que con el retorno de la derecha española al aznarismo el crédito de las instituciones democráticas y la paz civil sufrirían un serio quebranto. Mariano Rajoy tiene la palabra y la responsabilidad de la decisión. Pero ha de saber que el «cuanto peor, mejor» no ha sido nunca una divisa democrática.