TIENE orejas, dos, de mister Spock. Luce esas cejas de acento circunflejo, difíciles de disimular, que ponen mala uva en una cara, como las de Zapatero. Tiene ojos pequeños, dos alfileres que se clavan al mirar. En la coronilla, la tonsura que da la edad. Nació el 15 de marzo, como mi padre, de 1957 en Llodio. Es alavés y va para cincuentón. Casado, con dos hijas, lleva la alianza en el dedo de la puñeta de la mano corazón. Es piscis, nada pues como un pez en el agua. Economista, fue lo más bonito que se puede ser en política: dos veces alcalde de su pueblo. Es lendakari desde el 2001. Antes fue consejero de Hacienda y vice. Ciclista, en un pueblo de ciclistas, dice que conoce mejor a una persona tras cien kilómetros en bici que en una semana de hotel. Es imperdonable que, con mil muertos en las tumbas, diga que no se va a solucionar la independencia a tortas. Claro, sobre todo cuando ETA lleva años buscando a tiros la solución. Hace tiempo que se divorció del tímido que llevaba dentro. Le dio la misma mano, la derecha, a Otegui y a Zapatero. Que tenga cuidado Zapatero, que esa mano es una tenaza que no quiere soltar una parte de España. Es tozudo como el Peñón y tiene un plan como Magdalena. cesar.casal@lavoz.es