DENTRO DE unos días conmemoro algunas efemérides personales y no sé si intransferibles, pero por si acaso pienso seguir compartiéndolo con quienes me quieran leer. En 1995, en estos días de enero, asesinaron a Gregorio Ordóñez en San Sebastián. Desconozco si todos los culpables están en la cárcel y si los que están pueden salir en cualquier momento a celebrar las fiestas de su pueblo como le gustaba hacer a mi amigo, navarro de nacimiento, donostiarra de vocación y español por convicción. Cuando lo dejaron sin voz para seguir defendiendo la dignidad y la libertad, me aseguraron, profesionales de los servicios de seguridad del Estado, que lo lógico era que primero me hubiera tocado a mí, y de hecho lo habían intentado sin fortuna por mis cambios de hábitos laborales, ya que aunque siempre había vivido de mi profesión de médico, sabía que ese era mi punto débil en las medidas de seguridad que debía tomar para ponerme a salvo de sus continuas amenazas. Más tarde, un negro febrero, le tocó a Fernando Buesa y Díaz Elorza, este último habitual escolta mío, que casualmente hacía su trabajo en las calles de Vitoria para el secretario general de los socialistas alaveses. Fui el primero en acudir al lugar del amasijo de restos humanos mezclados con la metralla del coche en el que colocaron la bomba, a escasos 200 metros de mi domicilio vitoriano. Volvieron a decirme que me anduviera con cuidado, pues seguía siendo objetivo primordial e irrenunciable de la banda, precisamente por haber puesto en marcha la idea de que Álava debía y podía elegir su destino, fuera de la Euskadi nacionalista y empeñada en un proceso de construcción nacional en la que a los que no estaban de acuerdo simplemente los anulaban, por lo civil o por lo criminal. Hoy ETA se debate entre los que quieren terminar la lucha armada y los que sólo saben matar para ser algo en su mundo. Pero, en cualquier caso, y tras leer el último comunicado de ETA, se desprende que justifican la tregua, al haber encontrado en las posturas del PNV los instrumentos que siempre habían sido la causa y el objetivo de su batalla contra España. Me caben tres dudas: como terminará esta historia; podré seguir mirando a la cara de las familias de Ordóñez, Buesa, Díaz y tantas víctimas del «proceso hoy Plan Ibarretxe»; qué papel me tiene reservado el futuro, si debo reincorporarme a Euskadi.