SALUDO con indisimulado entusiasmo la aparición de Galicia siglo XX , el folletón por entregas que bajo la dirección de Moncho Villares promueve en fascículos dominicales este diario. Saludo y celebro porque la recuperación de nuestra memoria forma parte de mis personales obsesiones, y navegar el pasado siglo en la nao capitana de la historia es tarea tan ardua como apasionante. Fue un siglo preñado de contradicciones, un siglo con más sombras para Galicia que luces. Galicia para huir del hambre, para escapar de la miseria, tomó el camino de la mar, y en los primeros años del siglo, cuando Europa salía de su primera gran guerra, se fue desangrando en Buenos Aires o La Habana, fundando nuevos asentamientos gallegos con la divisa migratoria. Años más tarde, cuando Europa contaba los muertos de su segunda gran guerra, aún sin cicatrizar las heridas de nuestra guerra civil, de nuevo la cita fue en ultramar. En mi pueblo sabíamos la geografía de Venezuela, que por entonces era el destino de millares de gallegos. La fotografía de Manolo Ferrol, tan necesariamente reproducida, es un tatuaje grabado en el pecho colectivo de un país expulsado de su tierra. Daguerrotipo del dolor que produce el desarraigo. Foto fija de dos colectividades unidas por la separación de un mar por medio, de todo un océano de distancias, triste Ramón de Sismundi..., y luego Europa, Suiza y Alemania, Francia y un idioma hostil para la tercera gran sangría. La emigración vertebra el siglo de las sombras. La exterior y la interior. El plan de estabilización nos fue llevando a Madrid, a Barcelona, a Bilbao, la nación más grande del planeta, el país nómada a la fuerza, y ahí seguimos. Cuando alborea un nuevo milenio, seguimos siendo la fuerza del trabajo en la construcción y la hostelería canaria, destino de miles de jóvenes mientras comienzan a retornar los emigrantes en los países europeos, y Galicia es tierra de acogida para los nietos de nuestros emigrantes pioneros. Hace algunos años escribí los textos de Galicia en blanco y negro, crónica fotográfica de la anterior centuria. Quise pintar Galicia de colores, reinventar una patria con el cromatismo de la modernidad, me impuse ser optimista para entre líneas escribir acerca de la Galicia que emergía con nuevos datos en sectores económicos inéditos como el textil, la joyería o la biomedicina. No era un espejismo, pero tampoco era suficiente. Estaba el siglo dando las últimas boqueadas cuando quedó unida Galicia a la meseta por autovía. Era la última y la única comunidad autónoma con las infraestructuras básicas pendientes. Ahora, con el dibujo en tinta simpática del plan Galicia, continua siéndolo. Contar todo un siglo, el siglo que mudó a Galicia en el último tercio, es un empeño que yo agradezco a este periódico y a los autores de la obra, empeño que puede resultar balsámico y curar mi escepticismo patológico y devolverme la fe en un proyecto común llamado Galicia. Contar la historia desde multitud de ángulos es menester para no volver a repetirla. Bien sé que las sombras son como las formaciones meteorológicas de nubes que tanto nos afectan, son cúmulo nimbos ennegreciendo el cielo, cubriéndonos como una boina perpetua, pero estoy seguro que en el inmediato futuro hay un anticiclón previsto y comenzaremos a escribir una nueva historia. Ojalá.