La libertad para todos de Bush

FELIPE FERNÁNDEZ-ARMESTO

OPINIÓN

22 ene 2005 . Actualizado a las 06:00 h.

ASÍ QUE George W. Bush en su discurso inaugural nos promete la libertad para todos. Pero he aquí un rasgo curioso de la libertad: es un bicho mutable, que se cambia la piel según su morada cultural. Me acuerdo de uno de los mejores chistes de Bob Hope, el gran humorista norteamericano de los años cincuenta del siglo pasado. En un congreso internacional sobre la paz, el presidente Eisenhower y el secretario general del Partido Comunista ruso Kruschev debatieron el tema de la libertad. «Ustedes -dijo Eisenhower- no saben lo que es la libertad. En mi país cualquier ciudadano estadounidense tiene libertad perfecta para venir a Washington, acercarse a la Casa Blanca, llamar a la puerta y decirme a mí: señor presidente, usted y su Gobierno son una porquería». «En mi país, -contestó Kruschev- disponemos del mismo grado de libertad. Cualquier ciudadano ruso tiene esa misma libertad perfecta para venir a Moscú, acercarse al Kremlin, llamar a la puerta y decirme a mí: señor camarada secretario general, el presidente Eisenhower y su Gobierno son una porquería». A cada uno su ley. En Estados Unidos disponen de la libertad de ideas, que es un logro precioso que ojalá se difundiese por el mundo entero. Pero si se me permite otra anécdota más, vale la pena recordar un suceso que presenció el gran periodista español Julio Camba cuando se encontraba en Londres después de la Primera Guerra Mundial para aprender inglés. Escuchando a un anarquista en el famoso Rincón de los habladores de Hyde Park, un oyente se enfadó por el discurso incendiario que le invitó a arrasar todo Londres. En lugar de intervenir y llevar el anarquista a la cárcel, los guardias cogieron al que le interrumpió, por haber ofendido las normas del conformismo inglés. Y «no vale cien veces más la libertad de España», pensó Camba; «ahí no existirá tal vez la libertad de hablar, pero existe la libertad de ser lo que quiera y como quiera». La libertad que ofrece George Bush al mundo es, a fin de cuentas, más que nada, la libertad de soñar el sueño norteamericano y, tal vez, volverse rico. Ahora bien, lleva la desventaja de condenar a otros a la pobreza. Nos promete la libertad de votar. Menos mal; pero una consecuencia de ese concepto sencillo de la democracia es que los que ganan los votos pueden ser idiotas, charlatanes o dictadores. Como el mismo Bush, los líderes democráticamente elegidos pueden iniciar guerras, la peor de todas las pestes que un gobierno puede infligir, tanto a sus ciudadanos como en sus enemigos. Lo que no se comprende dentro de la libertad de Bush es la libertad de ser «lo que quiera y como quiera». Para disfrutar de la libertad bushista , hay que ser capitalista, demócrata, políticamente dócil y culturalmente occidentalizante. Por bien o por mal, es una especie de libertad que no la quieren todos, y que muchos odian. Tal vez, en su segunda etapa de presidente, Bush encontrará esa «visión» del mundo que se le escapó a su padre. Tal vez su Gobierno recuperará una vocación, una misión al mundo digna de una superpotencia. En el siglo diecinueve, cuando el Reino Unido jugó el papel de superpotencia, empleó su poder para suprimir el trato de esclavos. Hoy en día, quedan cruzadas tan merecedoras por cumplir: la realización de derechos humanos autenticamente universales; el establecimiento de instituciones genuinamente mundiales de gobernancia para asegurar la paz; la mejora del medio ambiente, la salvación de la bioesfera. Desgraciadamente, el presidente ni sentirá la obligación de intentar lograr esos fines, ni se aprovechará de la oportunidad. El sistema presidencial norteamericano no le permite más de ocho años de poder. Por eso, si no me equivoco, hará lo que hacen todos los presidentes: dedicar su segunda temprada a no hacer nada, sino para preparar su jubileo. Así que no veremos nada de ese gran proyecto de difundir la libertad, ni mucho menos de los otros grandes servicios que Norteamérica podría prestar al mundo. Pero, por lo menos, no veremos tampoco otra guerra como la de Irak. Es una especie de consuelo. Podemos aguantar los últimos años de la preponderancia Bush sin temernos de que sean tan desastrosos como los anteriores. ©Felipe Fernández-Armesto