El ruido de las palabras

MARÍA ANTONIA IGLESIAS

OPINIÓN

21 ene 2005 . Actualizado a las 06:00 h.

DICE EL PRESIDENTE del Gobierno, y dice bien, que no hay nada de qué hablar con ETA mientras no cese el ruido de las armas y de las bombas. Y digo yo que dice bien el presidente del Gobierno en decir esto. Pero no sólo porque sea necesario poner por delante su obvia firmeza, como antídoto ante tanta intoxicación malintencionada como envenena el ambiente estos días. También es necesaria la aclaración en sentido contrario. Justamente para aviso de navegantes sobre lo que pueda suceder si el escenario cambia y cesa el ruido del terror. Porque, entonces, al minuto siguiente, el presidente del Gobierno estará dispuesto a hablar con ETA sin que se le mueva un músculo. Por lo demás a nadie se le oculta que debe estar funcionando a estas alturas mucha cocina. Es verdad que ETA ha vuelto a dar señales de vida en el sentido más siniestro del término y es verdad que alguna capacidad de destrucción le queda. Pero también es verdad que, en torno al proceso (eufemismo que ETA y la izquierda radical abertzale han acuñado para disfrazar torpemente su trágala de la rendición) hay también demasiado ruido interesado, como lo es el ruido de las palabras. Y es ese ruido, el que nos está impidiendo valorar en su justa medida lo que está sucediendo realmente. Está sucediendo algo realmente singular; sólo que sucede sin hacer tanto ruido como el que hacen las palabras de quienes, inconcebiblemente, están interesados en que lo que está sucediendo no suceda... sucede que, incluso pese a las apariencias, ETA quiere echar el cierre de su siniestro negocio. Y no por la virtud de la conversión, sino por la necesidad de poner fin a un empeño inútil, como ha sido intentar poner contra las cuerdas al estado de derecho. También ante la evidencia que tiene ETA de cada vez más patética soledad. Sucede que esa patética soledad tiene bastante que ver con la imposibilidad de pedirle más heroicidades a la mesnada abertzale, cada vez más harta de tanta ética y tanto frío como se debe pasar detrás de las pancartas que ya pesan demasiado. Sucede que al PNV le importa un bledo la suerte política de la izquierda abertzale, si bien está vivamente interesado por el destino final de sus votos, o sea, de los siete escaños que le quedan a Sozialista Abertzaleak en el Parlamento de Vitoria. Sucede, sobre todo, que algo está sucediendo, y muy significativo, en el PP que empieza a ser, por primera vez, el PP de Rajoy y no el PP de Aznar. Sucede que a Rajoy le gusta la eficacia de las palabras serenas que se ha cruzado con Zapatero y no la grandilocuencia del patriotismo que le gusta a Aznar. Y sabe Rajoy que el fin de ETA es una fruta madura que hay que recoger extendiendo la mano en lugar de esperar a que se estrelle contra el suelo. Vamos a ver y a oír muchas cosas en los tiempos que vienen. Por eso hay que pegar la oreja a la hierba para escuchar las palabras silenciosas y no dejarnos engañar por el ruido de las palabras huecas. (Por cierto, que habrá que estar atentos a la decisión que tome Otegui sobre lo que quiere hacer cuando sea mayor. Soy de los que tienen claro que nunca será Gerry Adams. Pero espero que alguna vez renuncie al humillante empleo de chico de los recados de lo que queda de ETA. De momento a mí Otegui me recuerda mucho a aquel flautista de Hamelin que tocaba la flauta, y sólo que los de Batasuna no son roedores sino gente que no desea ser conducida a la muerte política).