TERMINÉ un reciente artículo con una cita de una obra primeriza de Valle-Inclán, en la cual imita a Giacomo Casanova. Esta actitud que lleva a un escritor novel a apoyarse en sus predecesores es prudente, honesta y hasta diría que respetuosa con los lectores. Así al menos se piensa en Japón. He aquí, por ejemplo un haiku de Yosa Buson, escritor japonés que vivió desde 1716 hasta 1784: «En la campana del templo / descansa, dormida, / una mariposa». Un siglo después, Shiki Masaoka lo cambia: «En la campana del templo / descansa, reluciente, / una luciérnaga». Y ya, a mediados del XX, el querido Rafael Dieste le aporta esta variación: «En el cobijo del ermitaño / lucía dulcemente / una luciérnaga». ¿Se puede habar de plagios? No: Shiki suponía que las personas que leyeran su haiku conocerían el de Buson, e indudablemente confiaba en un público con suficiente discernimiento para recibir con agrado los nuevos toques que su sensibilidad había puesto en el viejo poema. En cuanto a Rafael Dieste, se me ocurre que ahí entra gran cantidad de retranca gallega. Esta simultaneidad de estilos y de sensaciones permite que cada lector encuentre las resonancias que le son propias, aunque al mismo tiempo reciba las otras como un subtono contradictorio y disturbado, algo que pertenece a su mundo cultural y no puede captar con claridad. Por lo mucho que leo, constantemente encuentro frases ya escritas, sobre todo en los grandes escritores. Por ejemplo: «Un punto blanco, que fue convirtiéndose muy despacio en una forma blanca, surgió a lo lejos, en una furiosa carrera. Se agrandó...». Es de Chesterton. Y ahora: «Un punto, un perro vivo, creció ante la vista, corriendo a través de la extensión de la arena». Es de Joyce. Y así llegamos a Azorín: «...allá, por los confines del horizonte, ha aparecido una manchita negra; se remueve, levanta una tenue polvareda, avanza. Un tropel de escuderos, lacayos y paje es». Por fin, Borges: «Un punto negro se agitó en el horizonte y creció hasta ser jinete». Sin duda, Joyce y Chesterton se leyeron, Azorín leyó a los dos, y Borges a los tres. ¿Quién plagió a quién? ¡Ah!, y esto: «Tengo seis años y el culo pelado». Es de El niño , Jules Vallès, mientras: «Mi primer amor tenía doce años y las uñas negras», de Martín Adam. En una novela escribo la frase: «Los fagots con sabor de nueces». Ha sido muy alabada por la crítica francesa. La verdad es que la cogí de Anxel Fole o de Luis Pimentel; no recuerdo a ciencia cierta de cuál de los dos, pues los leí simultáneamente, así que la considero mía.