SI SE ATIENDE a las declaraciones del ex militar argentino Adolfo Scilingo en la Audiencia Nacional acerca de los crímenes de la dictadura argentina de 1976-83, uno recibe una impresión de sumo desagrado. No es la verdad o mentira de tales afirmaciones, sino su torturado ser lo que asusta y repugna. La confesión abierta de haber actuado por odio y venganza contra el almirante Massera, mentalmente torturado por no haber hecho nada para salvar a su hermana enferma, es digna del más funesto de los dramas de Shakespeare. Y esa sucesión inacabable de crímenes, conjuras, silencios, imputaciones, crueldades y miedos que revelan aquellas vidas hoy juzgadas por genocidio¿ Apenas faltan cinco años para que se cumplan doscientos desde la revolución argentina de 1810. Un par de siglos de historia fascinante, en la que episodios así van quedando atrás en la construcción, como quería Borges, de «un honesto país de clase media y de sangre europea».