ESTAMOS en plena celebración de la investidura de George W. Bush. Hoy promete su cargo. Y como no podía ser de otra manera, los españoles de bien celebramos lo que él mismo ha llamado «fiesta de la democracia», con el convencimiento de que este segundo mandato va a ser eso. Una fiesta. Y además sin dudar de que también será un éxito. Porque ya lo explicó el propio presidente, en una de esas muchas reflexiones geniales que deja para la historia. «Si no tenemos éxito, corremos el riesgo de fracasar». Así que exultantes y radiantes de felicidad nos disponemos a iniciar este segundo mandato con la incertidumbre de saber si en él apostará por la diplomacia o por el más leña, después de haber logrado salir indemnes, como salimos, del primero, habiendo superado el 11-S y los destrozos en Afganistán e Irak. El admirado George tiene para los próximos cuatro años un reto personal decisivo. Seguir siendo el garante del orden mundial. El gendarme que vigila, controla y castiga todos los desmanes. Después del éxito de haber encontrado las armas iraquíes de destrucción masiva. Después de haber pacificado la zona. Después de lograr que el mundo sea hoy más seguro que hace dos años. Después de habernos sacado el pánico del cuerpo. Después de alertarnos sobre el «eje del mal». Y después de haber reducido la población iraquí en varias decenas de miles de personas, ahora ha de atarearse para que podemos dormir plácidamente porque él nos protege de los malvados. Por eso afrontamos esta etapa con entusiasmo. Sin incertidumbres. Con la tranquilidad de saber que Bush sigue en la Casablanca avalado por sus exitosos logros: Haber destrozado Irak, más incluso de lo que lo destrozó Sadam. Que ya es destrozar. Y poner al planeta al borde del abismo, casi tanto como lo puso Hitler. Que ya es poner.