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18 ene 2005 . Actualizado a las 06:00 h.EN GALICIA, la consellería poderosa ha sido siempre la del cemento. Los conselleiros de Obras Públicas, Antolín, Cuiña y ahora Feijoo, han sido como el Padrino, el jefe al que hay que hacerle la pelota porque tiene los cuartos y reparte sus dádivas entre los súbditos. En Irlanda se gastaron el dinero de Europa en I+D, Investigación más Desarrollo, y multiplicaron la riqueza de la isla hasta asombrar a todos. Aquí la consellería de Educación es la hermana pobre. Así están las universidades sin un duro para investigar. Aquí lo que hacemos muy bien son paseos marítimos hasta en el interior. Ahora hay una polémica en Carral, entre el gobierno municipal y la oposición. El asunto es, cómo no, las obras históricas que la Xunta va a hacer en el campo da festa, nada menos que 90 millones de pesetas. Aquí nos dedicamos a reformar palcos de música y a hacer piscinas en cada pueblo mientras en otros países piensan en el efecto multiplicador de invertir en ideas, en apoyar a los emprendedores, en darse cuenta de que los ordenadores no sirven sólo para fundirlos con videojuegos. A veces dan ganas de ir hasta San Caetano, sede de la Xunta, para preguntar a gritos hacia los despachos: Pero ¿hay alguien ahí? cesar.casal@lavoz.es