El victimismo generalizado

OPINIÓN

16 ene 2005 . Actualizado a las 06:00 h.

LA SOCIEDAD actual es la sociedad de los derechos. El auge de los derechos es proporcional al declive de la responsabilidad. Recordemos las palabras de John Taylor, cuando decía: «Si usted puede establecer un derecho y demostrar que está privado de él, entonces adquiere el estatuto de víctima». Si por ejemplo la salud es un derecho, yo puedo fumar y, al mismo tiempo, denunciar -como es práctica habitual en Estados Unidos- a las industrias tabacaleras si me sobreviene un cáncer de pulmón. La fórmula es simple: el goce para mí, la culpa para el otro. Porque el sujeto actual defiende su libertad, pero no acepta su responsabilidad. De este modo, puede dirigir demandas contradictorias a la sociedad como «déjenme en paz» y «ocúpense de mí». No son buenos tiempos para los deberes, empezando por los escolares. Es frecuente la queja sobre los deberes de los niños que, según algunos, deberían aprender jugando. Como desarrolla Lipovetsky, en su libro El crepúsculo del deber: la ética indolora de los nuevos tiempos democráticos , los jóvenes actuales son derechistas , no por su adscripción político-ideológica, sino por su reclamación de todos los derechos y el rechazo a los deberes. En consonancia con esto, se llegó a idear un modelo educativo que permitía superar curso suspendiendo. Lo importante, al parecer, era evitar problemas de autoestima al alumno. Por otra parte, las sociedades de afectados proliferan por doquier, con el recurso habitual a la opinión pública. No hace mucho, me decía el presidente de una asociación ciudadana: «Es muy sencillo, basta con recurrir a los medios de comunicación. Hoy en día, los políticos tienen miedo al pueblo y, el pueblo, no tiene miedo a los políticos». En esta lógica, como señala Pascal Bruckner, se instala la victimización como una versión fraudulenta del privilegio, que libera de la aplicación igualitaria de la ley. Se esboza, así, «una sociedad de castas al revés donde el hecho de haber padecido un daño reemplaza las ventajas de la cuna». De este modo, los intereses generales se desdibujan frente a la omnipresencia de las minorías y de las sociedades de afectados. Estos reivindican sus intereses particulares en ocasiones legítimos y, en otras, simple coartada para todo tipo de astucias. Porque los astutos saben muy bien que estamos en la época de las excepciones y que nada da más rédito, hoy en día, que hacer de la excepción privilegio. Ya no hay mendigos que piden, sino pícaros que exigen. El reconocimiento dado a las asociaciones sectoriales, de todo tipo, puede conducir a renunciar a cualquier proyecto de tipo general y a convertir la acción de cualquier Gobierno en una simple gestión de los intereses de las minorías. Así, la única función del Gobierno sería gestionar las particularidades, en busca de una armonización que permitiera conservar un semblante, una apariencia, de que lo colectivo aún existe.