SAMPEDRO murió hace siete años, un doce de enero. Aunque él estaba convencido de que ya había muerto en el año 68, el de la revolución, en una poza del mar de Xuño cuando las rocas le partieron la séptima vértebra y el alma. Ahora es otra vez protagonista porque Amenábar y Bardem lo resucitan para Hollywood y Ramona para la prensa rosa/carroña. Lo conocí reatado a su cama, su potro. Así estuvo treinta años. El cigarrillo en la boca, a ver si me mata, y la palabra suicida en la punta de la lengua. En el cuadro de la ventana, o Barbanza. La justicia, ciega, le dijo que no dos veces a su muerte. Y Ramón conoció a Ramona y Ramona se enamoró de Ramón y, dos años después, repartió Ramón once llaves e instrucciones entre sus amigos. Él decía que el derecho a la vida es el derecho al placer y que el derecho a la muerte es el derecho a no sufrir. Para no sufrir se mató ante la cámara de vídeo del mundo. Eutanasia es una palabra fea, pero a él le supo a gloria. Escribía poemas, Cuando yo caiga, y tenía el humor retranqueiro, de quien dio la vuelta al mundo en barco antes de no poder dar ni una vuelta en la cama. Quería cerrar los ojos para soñar siempre. Ramona le puso el cianuro en los labios. Lo dijo en televisión. cesar.casal@lavoz.es